Los hogares de Chile celebramos el Día de la Madre. Un hito tradicional que más allá del interés comercial implícito, realmente se convierte en un momento especial en la relaciones afectivas de las personas y las familias.
Precisamente, en estas semanas previas, el Papa León XIV puso algo esencial en la conciencia colectiva, el deber imperioso de visitar a los mayores solitarios, esos ancianos que suelen quedar dejados de lado, como estorbos en la vorágine de la vida atada al materialismo del consumismo y el hedonismo.
Un mandato de conciencia: el respeto a los ancestros, el reconocimiento a su esfuerzo para entregar principios y valores a su descendencia, el deber de cuidado a los primogénitores.
Cuando la longevidad se hace presente con una esperanza de vida que crece, es frecuente encontrar ancianos que superan los 90 años, lo que se traduce en la presencia de bisabuelos que pueden conocer a sus bisnietos, lo que evidencia esa crisis demográfica anunciada a principios de siglo, con una pirámide invertida, muchos viejos, pocos niños.
El Día de la Madre es hoy un momento de encuentro con esa mujer que nos dio todo. En muchas familias se pueden juntar en esta celebración cuatro o cinco generaciones, lo importante es que los lazos afectivos se refuercen, que nos caigan en la formalidad, que acompañar en su partida a los mayores sea una acción constante.
El sentido de familia se debe rescatar, asumiendo la realidad contemporánea de familias donde un miembro, padre o madre, es responsable de sostener al grupo material y emocionalmente, hogares donde conviven allegados, la cruda realidad de padres ausentes, dinámicas de conflicto y desamor.
Por ello, en un momento de encuentro de lo que hoy está siendo la familia real de Chile, resaltar el rol fundante de la madre significa mucho más que la entrega de un presente. Se trata de pensar en la forma de revertir el desapego, el individualismo que considera a los viejos como estorbos. El amor no es pregón ni un poema, es la acción permanente de amor concreto, cuidando y valorando a nuestros padres y abuelos, como hijos y nietos que agradecen y no reniegan de sus orígenes. Saber escuchar a los mayores ha distinguido a las culturas ancestrales, aquellas que veneraban la sabiduria acumulada en sus antepasados.