Hernán Narbona Véliz, poeta chileno, nacido en Valparaíso, con un largo derrotero por América Latina. Su poesía es una incitación al debate y un aporte a la cultura universal. Poeta de la generación del setenta, escribe desde la angustia o la risa, sin victimizarse, cronista de la vida, con sus sueños en ristre, invita a abrir nuestras ventanas al amor.
Cuando se acercaron a estas cumbres, los geólogos introdujeron sus brocas de acero para calibrar las vetas de la tierra. Los antropólogos ya estaban allí con sus cepillos, hurgando por civilizaciones remotas, explicando a partir de los fósiles el origen de la vida. Los arrieros me invitaron sus quesos de cabra, pude probar el charqui de burro y aprender de sus historias sencillas por los humedales andinos. Los camioneros cruzaban los pasos con sus gigantescas maquinas, recopilando leyendas de novias fantasmas que los seducían hasta agregarlos como animitas a las carreteras interminables. Los pioneros me enseñaron la yareta y la chachacoma para brincar por las fronteras con los ojos de infancia.
De todos he aprendido y como soy un simple poeta, he inventado gordas sinuosas en las montanas, he tallado gigantescos rostros en la piedra, he aquilatado la belleza de los glaciares, de las estepas altiplánicas y del cóndor de alas desplegadas como un suave planeador, que nos observó curioso este mediodía en Pircas Negras, inquieto con tanto citadino suelto por sus dominios.
Cuando abro en el anochecer del Salar de Maricunga las enciclopedias del firmamento, me siento premiado por esta oportunidad de poder beber el conocimiento universal y reclinar mi cerviz ante la majestuosidad de la noche silente. Sentí allí, en la piel bañada de viento, la divinidad que nos envuelve y protege con su manto encandilante de luz interior.
Aprendí a escribir en la aventura constante del amor, levantándome temprano para cumplir mis deberes, sin quejumbres, solazándome en las cosas simples que te enseñan desde la sabiduría.
Cargué mis morrales de aromas y abrazos. Supe de las infusiones de abuelas, del azúcar sobre el brasero. Desentrañé el lenguaje juguetón de la lluvia sobre mis patios. Amé los veranos petorquinos, en la fugaz fantasía del río bordeado de chilcas. Aprendí del natre y las amapolas, los nardos me encandilaron con sus adolescencias.
Subir al peral fue mi refugio de infancia, mi aula crepuscular, desde donde me deslizaba al plan del puerto, imaginándome navegante de riberas musicales, espadachín en caribes de piratas. Aprendí a balbucear poesía sobre los mapas, precursor de romances marineros, descubridor de archipiélagos. Me hice de adoquines aprendidos de memoria, lancé el trompo como nadie, jugué a la troya, conocí la pelota de trapo y seguí los radioteatros.
Y a poco andar, al asomarme a las llanuras de la vida, te encontré, niña, ardiente y vibrante flor, llena de ideas, dispuesta a compartir locuras y a reinventar la risa. Nos fuimos combinando con sabores rupturistas, con la desfachatez de conquistadores que pateaban la institucionalidad.
Desde nuestros cerros valpinos, fuimos abriendo nuestra ruta hacia el horizonte, tomados de la mano, odiándonos con pasión. Irreverentes vitrineamos funerarias, burlándonos del tirano y la muerte, blindados en osadía, necesitándonos como remanso y pólvora.
La vida ha sido la vertiente que bebo cada despertar porque tú estás allí, a mi lado, como esencia de la risa más genuina, con tu oferta de auroras de esperanza, permanente proyecto encendido como un lirio en los desayunos de la tierra olorosa.
Pero, a veces, como ahora, siento que es bueno sentirte lejos, ensayar algunos celos, desearte en mis sueños. Intento ponerme melancólico, pero no puedo, no calza con nosotros, porque gana tu sonrisa,se imponen nuestras complicidades.
Doy gracias a Dios por el tiempo que nos ha regalado, por la fuerza profunda que apuntaló la barca en momentos de tormenta, por la inventiva que brotó en madrugadas entrelazadas y brindo esta noche, con todas las estrellas del Pacífico por compañía, por ti, por nuestro nido expandido hacia el planeta, por las andanzas que hemos levantado como bandera y por esos tres hijos que nos llenan de orgullo y con quienes aprendí a compartirte resignado.
Sensaciones de una semana marcada por la poesía: dos recitales pude dar esta semana. El primero en Caldera, en el Centro Cultural de la Universidad de Atacama, el día 12 de febrero. Luego en la Biblioteca Pública de Chañaral, el día de San Valentín, compartiendo en esta ocasión la tribuna con Omar Monroy López, poeta y concejal de la Municipalidad local.
Volcar a una crónica el cúmulo de emociones que brotaron en mí esta semana, al estar en contacto con el público de Caldera y Chañaral, en sendos recitales dedicados al Día del Amor, resulta no solamente una rutina periodística, sino una forma de expresar un compromiso renovado con la compañera poesía y sus musas misteriosas, en este derrotero nuevo que me ha ofrecido la vida, residiendo en medio del desierto, en la región de Atacama.
Porque mostrarse desde la poesía es reflejarse en la dimensión genuina del ser, sin formulismos ni protocolos, canalizando esa energía vital y primaria que brota desde el espíritu, de la piel, de la emotividad.
Poemar la cotidianeidad, con empatía, fijando hablantes en situaciones propias o ajenas, cercanas o lejanas, que van traduciendo esos mundos como propios, es el ejercicio profundo del escritor, que tiene la libertad de crear personajes, inventar situaciones, hilar historias que terminan siendo espejos colectivos. Escribir para la felicidad no significa ignorar el dolor, sino, por el contrario, la capacidad de aquilatar la alegría y la felicidad, se nutre y exige precisamente haber vivido momentos difíciles, tortuosos, dolorosos, que en general, las personas debemos transitar indefectiblemente para crecer.
Escribir desde la clase media es una propuesta valórica, es la idea fuerza que anima la cosmogonía personal, afincando en los pilares de la familia, del amor filial y fraternal, las redes sólidas de un humanismo ecuménico, de una forma sencilla de convivir en paz.
Escribir desde la posición de la clase media significa una propuesta que invita a crear escenarios de encuentro, que aúna fuerzas para luchar contra aquellas amenazas que perturban o dañan la convivencia. Escribir desde la simpleza de un abrazo, desde la mesa compartida, de un vino chambreado a fuerza de chistes y de leyendas, de compañerismos que se entrecruzan con respeto y reciprocidad, en trabajo y esfuerzo, compartiendo la creación artística con los deberes que cada cual debe cumplir para su vida cotidiana, todo esto forma ese gran espectro de sensaciones que deja el acto comunicacional de compartir la creación propia con el gran público.
Esta semana unas cien personas fueron los destinatarios de estas tertulias y se sintieron motivadas por la entrega de poetas de la tierra, poetas que cumplen sus deberes cívicos y que tienen responsabilidades, pero que, además, tienen la misión de servir al colectivo urbano con palabras que relajan hacia la belleza, hacia las emociones y sensualidades que hacen a la vida una vertiente de sorpresas azules. Fue lo que sentí junto al mar, en medio de una semana motivadora porque de enamorados se trataba y en las olas de un amor avasallante que corría por las arenas, pudimos aportar un canto para todos los demás, para que cada uno lo decodificara según su historia, mientras los poetas sonreiremos felices, sintiendo el éxito en la medida que la belleza logra cautivar y volvía a nuestros oídos la energía de aplausos espontáneos, y muchos apretones de manos y saludos afectuosos.
La magia de las tecnologías, me ha permitido que esos dos escenarios frente al Pacífico se extrapolen hasta cualquier hogar, permitiendo que la poesía se vaya revoloteando en su siembra de afectos y emociones, hasta perderse de vista y convertirse en un canto de todos, lo que es aspiración constante de cualquier creador. .
Quizás sea efecto del sol del desierto, quizás sea la provocación de la primavera; el asunto es que amanezco como arrebatado, trepando himalayas al trote, persiguiendo tu mirada coqueta, escondida pícara detrás de un pañuelo.
Será por eso que calzo espuelas para domar la pasión que irradias. Será por eso que ando con el indio a flor de piel, irritable como si la menopausia se hubiera metido por mis orejas, buscando excusas para ganarme a tu lado, intentando morder tus hombros que son la llave que sólo yo conozco para desmantelar tus cabildeos que me inflaman.
Así transito por tu cuerpo, soñando despierto, con deseos de apretar tus labios carnosos con mi boca de naufrago sediento.
Así te quedas en mi piel, con ritmo de tonadas, haciendo hervir mi sangre con esa promesa muda de tus ojos seductores.
Me dirijo a usted, desconocida transeúnte urbana y primaveral de la clásica ciudad de Tucumán, para representarle mi desazón por sus caderas insinuantes, que atiborraron mi mañana de ritmos dormidos, traspapelados entre mis carreras administrativas.
Quiero presentarle una queja formal por la incitación a la lujuria que ha provocado con su pecho asomado a los besos del sol y sus ojos, cautos para detectar las miradas, pero recatados para responderlas.
Usted cruzó por la plaza, quizás hacia un cajero automático, quizás venia de dejar a su pequeño hijo en el jardín, un viaje casual pero irreverente, lleno de sensualidad, que desplegaba por el parque un murmullo de violetas.
Agresiva en su indudable belleza, usando con displicencia y relajo esa piel canela encandilante, usted transgredió intencionadamente los limites y me dejo sintonizado a las fantasías que vino sembrando, cimbrante y lúdica por mi vereda, dejando esa estela inocente e incendiaria, que me ha hecho olvidar mis cabildeos sobre el big bang o las especulaciones sobre los destinos de Wall Street, anulando mi concentración necesaria, destapando aromas del Caribe, en la liviana cobertura del algodón blanco ajustado a sus piernas, empinadas en esos tacones rojos como el fuego de sus ojos almendrados.
Incitación a la lujuria que ha trastornado mi mesura y que me obliga a representarle mi profunda molestia por su belleza, desbocada como gacela sobre mis frágiles convicciones,. Lo cual me obliga a demandarla por el perjuicio irreparable de no saber ni su nombre ni su historia, con lo que queda marcada a fuego como un símbolo ardiente del eterno femenino, que hace temblar mis sueños en un deseo trunco que no tendrá destino.
Hoy experimente una visión, quizás premonitoria. Ocurrió en el camino internacional del Paso San Francisco, a 4300 metros sobre el nivel del mar.
En medio de la montaña, adiviné en la superficie agitada de la Laguna Verde, el palpitar milenario de una princesa vestida de turquesa y cubierta de rubíes, atada al centro de la tierra, contemplando las estrellas eternamente, hasta que la liberen los nuevos hemisferios de la humanidad.
La noche espejada en la cordillera andina de Atacama propone hilados luminosos y personajes que se fueron acumulando tras los siglos salen a caminar por los bordes de los cerros ventosos.
Arrieros calcinados por el fuego de un cometa se sientan a la vera de la laguna para compartir tragos de chachacoma hervida mientras entrecruzan historias de majadas aladas pastando en los humedales de la Cruz del Sur.
También circulan por la laguna las sirenas de arena, con espejismos de amor, amarillo de soledad, prometiendo placeres inalcanzables a los caminantes de la noche.
Por los durmientes de los arcaicos trazados ferroviarios circulan los guanacos que huyen del hombre. Pequeños arbustos misteriosos se asoman entre las rocas y nutren de vida el agreste paisaje.
El viento y la nieve engalanan ondulantes la verde laguna y al despertar de mi divague, la vislumbro maravillosa y me digo que es una princesa esmeralda, aprisionada en su soledad y resguardada por los fantasmas que se acumulan en el refugio del viejo control de frontera, que aun permanece en una cueva cavada en la tierra, al costado del camino.
Los fantasmas danzan jocosos en la espuma y saludan con las sinfonías del silencio y el viento huracanado a los intrusos que nos asomamos a su fortaleza.
Fue una visión o quizás un mensaje galáctico. Todo es posible en las serranías lunares de la cordillera de los Andes, en Atacama, al norte de Chile.