Hernán Narbona Véliz, poeta chileno, nacido en Valparaíso, con un largo derrotero por América Latina. Su poesía es una incitación al debate y un aporte a la cultura universal. Poeta de la generación del setenta, escribe desde la angustia o la risa, sin victimizarse, cronista de la vida, con sus sueños en ristre, invita a abrir nuestras ventanas al amor.
Monday, March 04, 2013
Diálogos marinos 4
En un segundo, se me vienen todas las playas a la memoria, las templadas aguas de Boca Chica, de Manta, las heladas aguas de Calbuco, la sensual calidez de Ipanema, las nubladas arenas de Pinamar, el baño desnudo en Montecarlo, la quietud de las Torpederas o el desafío conquistador de Caleta Abarca y la playa Poca Ola de Recreo. Sobre las rocas, como en una regresión,me siento a escapar de esas olas sorpresivas que se llevaban la ropa de mis primas y veo a mi abuela salvar las budineras con ensaladas chilenas y aun siento su risa y el aroma de esos paseos familiares, en que mi única preocupación era ser feliz.
Quizás esto te explique, amigo mar, porqué en mis silencios te observo como un viajero perdido, anclado a romances, recuerdos, sueños persistentes que se estiran como atemporales bocetos de amistad, nutriendo mi creciente madurez, entre desiertos y dunares.
Monday, December 31, 2012
Jirones de Infancia
Monday, July 04, 2011
Alquimias

En probetas de greda incaica he indagado por tu génesis, Atacama. Rasmillones en la roca me confidenciaron de tus ilusiones galácticas. Empinado en el espiral del fuego superé las eras del hielo, pero se secó la sal y quedó el perfil del desierto embalsamado como una gran interrogante.
¿Qué familia de colosos bebió la energía en el Salar de Plato de Sopa? ¿Quién domesticó las Lagunas Bravas? ¿Qué gigante niño jugó con las rocas partidas, amontonadas frente a la playa de Conchuelas? ¿Qué artesano esculpió mastodontes y mamuts en la franja costera de Rodillo? ¿Cuántos fantasmas acumulados a la vera del camino se han quedado clavados a los crepúsculos de Caldera?
Sigo mi camino, deambulando sin un norte, atrapado a una nostalgia difusa, que viene del traslape de confusas dimensiones y se pega a la piel como camanchaca salobre de la fría madrugada. Así, fui recorriendo los arrecifes y hurgué las arenas buscando el alimento del mar para sobrevivir a mis fantasmas.
Estoy deslumbrado, forastero perenne, inventando vertientes en las rocas eternas, cavando por vellocinos de oro, por pactos endiablados que retumban en los encierros magnéticos de los socavones.
Veo almas en pena deambular por ellos, buscando la veta de la juventud eterna. Y transpiran mis manos en el frenesí del espejismo dorado y claudico, como tantos, al embrujo del brillo.
Sin embargo, a poco andar, hinco la rodilla en tierra y escapo luego de las garras del oro, resguardado en la lisonja de mi abuela, que ha venido con su haz de luz a proteger mis pasos.
En la alquimia secreta del desierto, establezco mi oasis y quedo convertido en un cometa que se escapa y vuela libre por las fronteras de los acantilados, besando el mar, recuperando el candor de las auroras, libre amante persistente de los amaneceres de Atacama.
Monday, April 18, 2011
La cruz del alto
Al atardecer de un intenso día de río, piscina y plaza, nos reunimos el grupo de amigos que veraneamos y pasamos vacaciones de invierno en Petorca. Nos hemos visto por varios años, ahora somos amigos en la común tarea de crecer y explorar el mundo desde la adolescencia. En la plaza, en torno al monumento a Manuel Montt, después de misa, nos reunimos y de allí apuntamos a la cumbre, provistos de gorros de lana, caramelos, yo llevo además una pequeña libreta y un lápiz.
En el grupo están las niñas santiaguinas que hemos conocido en la piscina y que obtuvieron permiso de sus padres para hacer esta caminata vespertina a este cerro que domina el pueblo. El ejercicio de dominar el paisaje desde la cumbre, ver caer la noche y descender cantando en voz alta, Dicen que el Diablo murió en Petorca y que en La Ligua lo enterraron, se suman las leyendas del maldito, como aquella del burro negro al cual se iban subiendo los niños para dar un paseo, hasta que uno de ellos exclamó “!Ave María Purísima, chitas el burro p´a largo¡” y en ese instante el burro había explotado, dejando a todos los niños tirados en el suelo y un pesado olor a azufre en el aire. Es el juego de la autosugestión y también del coqueteo intuitivo, somos púberes o adolescentes y queremos vivir la ilusión de un pololeo de verano. El disfraz que estamos utilizando es cruzar experiencias de penaduras, de piques mineros con fantasmas extraviados.
Tomar de la mano a una chica, sentir su tersura y su calor, percibir el rubor de sus mejillas y adoptar el rol de guía y apoyo, rumbo a los senderos pedregosos que se dibujaban como una serpentina por el borde del cerro. Era una aventura que te llenaba de adrenalina. Vas con Patricia, eso es suficiente, jamás supiste sus apellidos, era de pelo castaño y sus pestañas muy largas, con sus dientes como de conejita, sobresaliendo en una permanente sonrisa o una disculpa soñadora. A medida que subimos nos vamos contando historias, que tu liceo, que donde vives, cuantos hermanos, hasta cuando te quedas. Sabedores de que ese paseo labraría sutilmente las vetas de un romance adolescente, sin que nos atreviéramos más que a un beso hurtado o regalado cuando la noche o algún matorral cómplice nos protegía de miradas. Al llegar a la cumbre, ya había promesas de amor revoloteando por el grupo, las niñas se reían y los varones juntábamos algunas piedras y florecillas para testimoniar el ascenso. Luego, nos tomábamos de las manos y en un círculo en torno a la cruz, rezábamos a coro las Ave María Purísima, sin pecado concebida, consignas celestiales que pasaban a ser nuestra protección frente a la noche que caía y las sombras diabólicas que yacían derrotadas alrededor de la cruz de madera.
Con chonchones de parafina que estaban a los pies de la cruz se encendía la cumbre de luz. Desde el pueblo, los vecinos sabían que el grupo había llegado a la cruz, peregrinando y riendo, en esa fuente de amistad que alegraba como un oasis la vida calurosa del pueblo. Allá arriba, se divisaban las siluetas de los jóvenes, y luego de ese instante, que era un umbral hacia la nocturnidad, el grupo comenzaba a descender, casi todos en parejas, de la mano, cumpliendo con el juego de la piel exacerbada de instintos, que quizás jamás se plasmarían en más que en besos y abrazos, promesas y florecillas secas, guardadas en una pequeña libreta, con la dirección de Patricia, hasta que otro verano, o alguna vacación de invierno, nos trajera de vuelta, para volver a tocarnos, a reconocernos como amores fugaces, como romanceros de rodillas magulladas, como novios fantásticos de una sola travesía. La que hicimos de la mano, abrazados, besándonos en la promesa de amarnos por siempre, hasta que un tren, del fin del verano, nos desperdigara por la vida y quizás alguna carta dejara constancia de esa ilusión que desafió a los demonios en la cruz del alto.
Comarca de los Poetas, 18 de abril de 2011.
