Atacama, Domingo, 3 de Febrero de 2008.
Hernán Narbona Véliz, poeta chileno, nacido en Valparaíso, con un largo derrotero por América Latina. Su poesía es una incitación al debate y un aporte a la cultura universal. Poeta de la generación del setenta, escribe desde la angustia o la risa, sin victimizarse, cronista de la vida, con sus sueños en ristre, invita a abrir nuestras ventanas al amor.
Atacama, Domingo, 3 de Febrero de 2008.
| Libertinaje en perjuicio del amor |
Con la chiva de que hay que dar a la gente lo que quiere, los operadores de la sociedad de consumo degradan la sexualidad y la convierten en ejercicio gimnástico |
Hernán Narbona Véliz
(02/07)
CUANDO EN 1987 publiqué mi segundo poemario, Eroscidio, Amática contra el Desamor, en 1987, y que me prologara Don Andrés Sabella, tuve muchas veces que explicar el alcance de su título. “Eroscidio” era un neologismo que inventé para significar el homicidio del Amor, el avasallamiento del sano y mágico erotismo que hace girar la vida y direcciona las energías del ser humano, sustituyéndolo por lo burdo, lo chabacano, lo genital.
Voy a referirme, recordando esos versos, a una peligrosa tendencia. La decadencia que se observa en el tratamiento mediático de la sexualidad. El tema del Amor, de la afectividad, de las relaciones de pareja, ha sido colocado por muchos medios de comunicación a la altura de los genitales.
Un tema donde es preciso despejar los fundamentalismos, las posiciones duras de instituciones o grupos políticos y religiosos, que quisieran censurar dogmáticamente las decisiones personales y, por otra parte, la posición de grupos que creen que tolerancia es pasar a llevar los derechos de los demás, invadiendo su espacio y su privacidad, postulando un libertinaje sin freno.
Escribo este artículo sin pretender lecciones de moralidad, sino advirtiendo desde el sentido común, como padre de familia y comunicador social, las amenazas que encierra esta degradación de la emotividad.
Considero haber tenido frente a la sexualidad una actitud consecuente y de vanguardia, pese a los esfuerzos de mi madre en transmitirme sus códigos morales de época, en donde los tabúes abundaban, imponiendo a los jóvenes conductas llenas de hipocresía a la hora del comidillo en la entrepierna. “Aquello” se hacía con la luz apagada, la esposa no debía expresar su goce, debía recibir pasiva la acción del esposo, haciendo gala de su virginidad. Desde niño sentí que ofendía la inteligencia ese actuar fruncido y acartonado.
Siempre sostuve que entre el hombre y la mujer –así, sin fundamentalismos de género, que a mi juicio rompen la conjunción maravillosa de la pareja- debe haber absoluta libertad en la entrega mutua.
Los que atentaban en contra de una sexualidad profunda en los afectos, en el ensamble de hombre y mujer, eran, desde mi percepción, la industria mundial de la pornografía, el individualismo -como actitud extendida, que se situaba en la médula de un mundo resuelto por el mercado- y el hedonismo, que marcaba esa tendencia a olvidar tu historia y tus compromisos, a pasarlo bien, a vivir sin límites en la ruta del placer. Y por derivación, veía entonces que una confusión entre libertades ciudadanas y este libertinaje que ya había visto en Holanda y varios países de Europa, llevaría a una peligrosa expansión del consumo de drogas, frente al dejar hacer y dejar pasar de una sociedad que abandonaba los mínimos marcos éticos,
Desde la visión poética, la Amática contra el desamor era mi propuesta política. Era necesario blindar el amor para que no se degradara en la sociedad de consumo; era una tarea para la poesía ir a la reconquista: “Alerta, poesía, resistamos…entramos a la era tecnotrónica. Herodes se ha vestido de pragmático, el Poder nos manipula hasta el cansancio”.
“Amática” era una invitación a actuar, a tirar los cordajes para navegar en la construcción del amor. Un Amor entendido como un abrazo a la libertad, el desmantelamiento de los tabúes y la defensa de los sueños en lo cotidiano, no en la simple pasión sino en el amor sin tiempo. Allí estaban el juego, la conquista, la seducción, el compañerismo, el proyecto común, los esfuerzos de familia, la risa, la gratuidad de la pasión y el cariño.
Hoy, al observar la decadencia ambiental en las relaciones afectivas, con una liviandad generalizada, que convierte al sexo en una gimnasia impersonal, en un producto transable a viva voz, se me viene una profunda bronca porque esta situación es asumida como parte de la “modernidad” sin que existan filtros frente a situaciones que atentan en contra de la calidad de vida y la sana sexualidad de las parejas heterosexuales.
Seguramente, reaccionarán las minorías u opciones sexuales y su respuesta siempre tendrá el argumento de que quien se opone a los excesos es un castrante censurador Al respecto pienso que la exploración sin trabas del sexo duro, lleva a difundir y hacer aceptar como normales conductas que son depravaciones sexuales.
No comparto esa posición que envuelve todo el tema en forma ambigua bajo la manoseada argumentación de las libertades personales. Las drogas, la pornografía, la pedofilia, la zoofilia, la necrofilia, entre otras, son aberraciones sexuales y la sociedad que no previene su difusión pone en riesgo valores fundamentales, como lo son la niñez y la familia.
Cuando en los medios de comunicación masiva, radio y televisión abundan hoy programas que han “genitalizado” la sexualidad, mi actitud pasa a ser casi reaccionaria. Porque creo que no se puede aceptar impávido que en la radio se ofrezca, en horario diurno, a viva voz la oferta de prostitución personal de auditores que usan esos espacios de debate, o sexo en grupos, o sexo a ciegas con citas vía celular, servicios sexuales a quien esté dispuesto a pagar, intercambio de parejas, etc.. Porque no cabe en los conceptos de tolerancia y respeto mutuo, aceptar la difusión de las imágenes chocantes de besos entre un homosexual, Miguel Bossé y otro travestí y luego con un conductor de televisión, besos a pantalla completa, en horario nocturno, día viernes.
¿Qué queda como lección? Lo burdo y lo chocante marcan rating. La publicidad viabiliza el negocio, respalda la producción, sale el estiércol al aire, se logra un buen facturado en publicidad, otros que copian el estilo y, al final, una fuerte degradación en la vida diaria, porque como el asunto apareció en la tele o se escuchó en la radio, es aceptable. Salir en la tele es más importante hoy que una norma sea promulgada en el Diario Oficial.
Así, el desamor se instala en la sociedad y la Poesía sigue esperando “Inventar el día indispensable”.

Querido,
Mi odio no anda
con melodramas…
No es monólogo vaticinado de hembra postergada
No es ni declamado ni espurio.
Siento que lo llevo cual lentejuelas.
Túnica ajustada de lunares rojos
Carmín en mis labios entreabiertos.
Aros de ágata y cobre
alongando mis orejas
para escucharte siempre
Caracola monótona
reeditando por siglos
el engañoso mensaje de tu beso
Así es mi odio…
ciñe mis caderas con ritmos de salsa
Aprieta mis pezones con elevado vuelo
Levanta mis cabellos y se establece
en mi cuello
como incitante mordizco de felino
Mi odio se levanta muy temprano
Empuja catre abajo
mis valles y colinas
Los ordena en didáctica
pirámide de esperas
Luego, me viste con ajuares reprimidos…
me calza las bragas que adivinas,
Portaligas negro,
un suave tobogán de fantasías.
Y me lleva radiante
en el telúrico vibrar de los recuerdos
hasta tu acera, tu espacio, tu oficina.
A florecer en mi odio
con bolcheviques aprestos,
con cimitarras de fuego.
A lucir victoriosa mis perfumes de ocupación
A recibir tus miradas de deseo
como atribulado montepío
que cancelan tus ojos miserables.
Extendiendo hasta nuestra eternidad
los placeres que nunca más
tú y yo consumaremos.
Autor Hernán Narbona Véliz, del libro Voz Prestada, Editorial Nueva Voz, 1989.


Valles del norte: los aromas de un reencuentro
Hernán Narbona Véliz
He tenido este verano un especial reencuentro con el norte de Chile. Ha sido una sensación olorosa como tierra mojada, una sensación de mares más profundos, que han tallado los acantilados con figuras etéreas y volátiles; un redescubrir el cielo tachonado de estrellas; una sensación de respeto por el desierto extendido y un desafío íntimo de rescatar de sus entrañas las flores de un nuevo nacimiento.
Esta comunicación con los paisajes nortinos me ha llevado a recordar inconscientemente las bellas sensaciones de mi infancia en Petorca. En esa ciudad trabajó de niño mi padre, ayudándole a su abuela a fabricar chicha de guarda que reposaba en gigantescas tinajas en una casona de barro, que quedaba frente a la cancha de fútbol del pueblo, uno de los lugares de mayor jolgorio los fines de semana. De niño viví extensos veranos e inviernos en ese valle ahora rebosante de verdor que se ubica desde Papudo hacia la cordillera.
Cómo olvidar esa magia de los viajes en tren a vapor, la canasta de meriendas, el termo con té y esa magia irrepetible de la máquina respirando en su ritmo de metales, moviendo el convoy casi a paso de hombre, trepando la cuesta del Melón para entrar a
El valle disputaba al desierto pequeños espacios de verdor; el río en largas épocas de sequía era un fino hilado que se compartía en la comunidad a través de acequias que iban entregando equitativamente el precioso elemento a los sitios sombreados de las casonas de adobe. El aroma de la tierra del norte a la hora del crepúsculo, era como una oración que se elevaba hasta la cruz del alto, hasta donde íbamos de excursión, esgrimiendo aves maría purísima para espantar al diablo. Los inmensos paltos tenían brazos acogedores que regalaban esa palta chilena que en el pan amasado y junto a la leche caliente llenaban de aroma las auroras de infancia.
El río de Petorca venía desde Chincolco y nacía arriba en la cordillera, seguía por Hierro Viejo hasta Cabildo. La vida plácida del norte exigía escapar a las siestas y la comunidad compartía al atardecer, sentada en las veredas, saludándose todos como si recién se vieran; durante el período estival, las plazas se llenaban de veraneantes que se repetían año tras año, en una aventura constante de romances, promesas, insignias que intercambiábamos en los sombreros; pañuelos y cartas de veranos enamorados, que esperaban la reiteración de su encanto para las vacaciones de invierno.
Petorca tenía el encanto de las zarzamoras que creaban pasillos hasta la piscina municipal, el agua del río la cruzaba y la mantenía siempre fresca como un oasis en medio del calor rotundo de la media tarde. Allí se dibujaban los paseos de la tarde, las vueltas en bicicleta, el helado casero que batía con grandes paletas de madera el mismo señor, por muchos veranos, sonriendo al ver repetirse la clientela infantil, convirtiéndose poco a poco en adolescentes que posábamos frente al cajón del fotógrafo de la plaza junto al busto sobrio de Don Manuel Montt.
El Norte chico se cimbra ante mis ojos como esas chilcas del río con las que inventábamos refugios para jugar en pandillas; el río donde juntábamos las redondas piedras para construir las pozas de la temporada. Ese río que en los inviernos nos regalaba escenarios para conversar de penaduras, de apariciones del diablo “que murió en Petorca y en
En el norte me deslumbré con el rigor del desierto, con el tesón de los mineros de
En este verano de 2007, he tenido un encuentro muy especial con el Norte Grande y he apreciado conmovido la belleza de los caminos precordilleranos, sintiendo que el verdor que nace en medio del agreste clima atacameño, es más fuerte que en el centro y sur; es un verdor rebelde, persistente, que grita su conquista entre las piedras afiladas del desierto salino.
El agua, sinónimo de vida, serpentea como un canto por valles encerrados por el desierto y la mano del hombre va tejiendo gigantescos mantos de verdor que rebasan los valles y se encumbran por los cerros que eran roca milenaria. Admirable y conmovedor el escenario andino mantiene la pureza de ese norte de mi infancia. Aún se mantienen las casas de adobe y los pueblos nómades que transitan los valles con sus animales, yendo y viniendo por los pasos escarpados, manteniendo sus costumbres, generando verdaderas islas donde el tiempo se ha detenido como por arte de magia.
He conocido los valles de Copiapó, he estado nuevamente identificando estrellas, he saludado desde Chañaral a un cometa que pasó este verano y que recién volverá en un par de siglos a aparecer por estos lados. He saboreado la fruta que concentra aromas y conquista el mundo. Soy afortunado de poder repetir sensaciones que creí estaban perdidas en los registros de mi infancia, pero al caminar por las plazas sombreadas de esta tierra, al contemplar atardeceres marinos en Caldera, al recorrer el desierto de Atacama, he imaginado que estoy reviviendo aventuras adolescentes y que en mi retorno a estos paisajes he recuperado una vertiente profunda que me conecta con ese tatarabuelo bucanero que alguna vez se conmovió como yo con estos valles, hincó rodilla en tierra, supo olorosar la tierra húmeda y se dedicó a sembrarla de árboles y de hijos, en una odisea temeraria que le hizo luchar constantemente contra la adversidad y supo sacarle sonrisas al mismo desierto.
Copiapó, 03 de febrero de 2007
carcomiendo.
Te deja silente y aislado
Te vuelve servil
Te desmantela
Se anuda
a tus ojos zigzagueantes
dejándote frío como hierro
Taladra tus cimientos
y te deja
funcional como jilguero desecado
Royendo tus páginas más nobles
Te impulsa a mentir continuamente
Te impide reir, ser solidario
Te bifurca
Con que cubres tus disfraces
Sanguijuela en tu fe
Zombi sin credo
El miedo es un gusano
carcomiendo
Va doblegando tu esperanza
y como ostra taciturna
ya sólo te importa tu sosiego.

El Oficio de Escritor en el siglo XXI
Una de las tribus urbanas tradicionales es la de los escritores. Una fauna abundante, veleidosa y especial, con poco espíritu gregario y muchos prejuicios. Grupos sectarios estructurados en función de egos antes que por la calidad o categoría de sus trabajos. Muchos de ellos, en busca de protagonismo pierden el norte, circulan en torno al poder, preocupados de los ágapes y la figuración, antes que de la lectura rigurosa o la crítica constructiva.
Es un ambiente el literario que cae fácilmente en el snobismo, en la retroalimentación obsesiva de los dimes y diretes. Un ambiente donde no existe crítica genuina, donde se lee poco y donde algunos profesores de castellano intentan construir su espacio a través de talleres o publicaciones, para marcar pautas en literatura, como una oportunidad de negocio, sin tener un gran bagaje como autores.
Los grupos literarios surgen normalmente con estilos sectarios, amurallando sus espacios de influencia al mejor estilo feudal. La competencia en el medio es salvaje. Primero porque el mercado de lectores es reducido. Segundo porque se generan espacios sociales elitistas que no se conectan con la vida real, donde estarían los potenciales destinatarios de las obras.
El resultado es que los escritores intercambian textos en un trueque gentil pero improductivo en términos de difusión de las obras. Aparece un ámbito subterráneo de escritores que no tiene comunicación con el mundo editorial.
Sólo los concursos internacionales pueden ayudar al oficio, pero la gestación de proyectos editoriales se queda por lo general en el nivel de impresos auto editados, que no llegan ni siquiera a las bibliotecas y menos a las librerías.
Los mitos urbanos
En este mundo literario, hay muchas personas que en términos productivos como escritores demuestran una vagancia y pereza enormes, funcionando en una mal denominada bohemia. El ocio no es creativo sino incubador de vicios. En bares de mala muerte suelen circular cuartillas de impresión artesanal que no alcanzan para ser consideradas libros. Se ha fijado en la retina de la sociedad la percepción de escritores románticos, envueltos en humo y declamando metáforas tras una jarra de vino. Estos prototipos se han enquistado socialmente y deforman la realidad, pues la verdad es que quienes logran un relativo o gran éxito en las letras, no frecuentan para nada ese mundo subterráneo de las ciudades y escriben en lugares donde la conectividad funcione con aire limpio, Wi Fi y banda ancha.
Sin embargo, casi como una nostalgia porfiada, se mantienen esas ideas de bohemia, alcohol y fracasos emocionales, como el halo necesario para escribir bien y creativamente. El tema es que los grupos que hacen de lo literario una actividad social, se quedan muchas veces con esos preconceptos de lo que es ser escritor y suelen excluir de sus círculos, por pequeños burgueses, a quienes, junto con escribir, detentan otras profesiones u oficios y trabajan para vivir como el normal de la gente.
Otro prejuicio es pensar que los escritores, para crear deben tener vidas tortuosas o disipadas. En la primera mitad del siglo XX se dieron condiciones para que poetas jóvenes encontraran el padrinazgo de mecenas, de damas de la aristocracia liberal o de los partidos políticos que los ubicaban en algún cargo diplomático. A Rubén Darío, célebre poeta nicaragüense, el hijo del Presidente Balmaceda, en 1886 le consiguió un puesto en la Aduana de Valparaíso, donde Félix Rubén García Sarmiento trabajó en un almacén frente al Pacífico escribiendo su libro Azul. Neruda, por su parte, logró incrementar su conocimiento del mundo a través de sus romances y de la política.Pablo Neruda se las jugó por sus ideas y la epopeya del Winnipeg es la etapa que más admiro de su biografía.
Pero, ahora, ser escritor requiere de otras competencias. Escribir es una actividad solitaria, introspectiva, alejada de los oropeles y para nada bohemia, parrandera o relajada. Es cierto que connotados escritores y artistas tuvieron vidas tortuosas, con pasiones que llevaron a algunos al suicidio. Violeta Parra es una de esas artistas que sufrió su trágica depresión por un fracaso afectivo.
Hoy, sin embargo, la producción literaria es más bien de personas que alcanzan una positiva inteligencia emocional y la aplican en el oficio con mucho trabajo y dedicación. Ya no espera el poeta o la poeta encontrar un mecenas, una beca generosa o una aristócrata que lo financie a cambio de pasión y versos exultantes de amor. Hoy, a lo sumo, si no desconfía de lo institucional, el escritor puede postular un proyecto a esos fondos concursables que se han generado para el mundo artístico y cultural.
Es que el vil dinero ha cruzado todos los espacios sociales, incluso el de las letras. Se requiere mucho trabajo para poder ser prolífico como creador, a lo cual se debe añadir una capacidad de marketing para acceder a las casas editoriales para una publicación con todas las de la ley.
Por lo tanto, escribir desde tragedias pasionales corresponde al siglo pasado. Un poco como el periodismo, que procura actualmente escribir desde los espacios locales, lo cotidiano, las auroras que levantan a las personas para cumplir con sus trabajos, pasan a ser hoy inspiración para nuevas cosmovisiones, nuevas incertidumbres de los individuos, en el fondo, una tragedia extendida en las tensiones de las grandes urbes y que es necesario capturar para las futuras novelas y relatos.
¿Escritores comprometidos o simples observadores?
La emotividad de la soledad urbana es el sino tragedioso del siglo XXI y parece ser el acicate principal de los poetas observadores, que desmenuzan los bemoles de las historias, pero flotando lejanos, sin comprometerse con las situaciones observadas. En esto hay una diferencia con las formas de vivir las letras del siglo pasado. De sólo mencionarlo, descubro mi propio sesgo totalitario, ya que no concibo que un escritor no se involucre con su tiempo, que no se comprometa con su ideario, que no sea libertario. No podría aceptar que, abandonando sus valores, sea funcional a discursos oficiales. Porque así nos formamos en el siglo XX, con una ligazón real con el mundo del trabajo, enarbolando la libertad como una gran bandera. Héroes como Víctor Jara iluminan una senda de compromiso consecuente hasta el martirio.
Cuando miro este aspecto, compruebo que los escritores actuales suelen conformarse con la estética, incluso con el juego de fantasías y dimensiones, sin alcanzar la ética, sin denostar contra sus propios molinos de viento defendiendo los credos, sin apasionarse en la pluma como en una tribuna determinante del destino. Ahora, debo admitir, deponiendo mi frenesí, que hay que aceptar formas y estilos diferentes, que fluyen por las distintas sensaciones del artista, que integran en cuestión de gustos este hedonismo moderno tan neoliberal, que se centra en el individuo antes que la sociedad. Y en esa evolución, con mayor razón defiendo mi espacio personal, para sostener esa regla de oro que me marcó en la adolescencia, cuando escribir era una extensión de una actitud de vida y el compromiso con los principios era anterior y superior a la estética. Por eso esta distancia y diferenciación que hago de los espacios superficiales, de esa falsa bohemia que linda con la farándula y el juego mediático.
Atrapados quizás por esa farándula y por esa ambición personal de reconocimiento, para escalar en este medio tan especial de la literatura, hubo quienes se masturbaron en público. Hoy hasta desnudarse en público es un lugar común. Prefiero seguir a Sabella que inventó el hacer llover poesía desde los edificios. Yo lo hago a mi manera, usando la Internet, difundiendo en la red mis poemas y crónicas, usando, al estilo de esta nueva era, los blogs y los Ipod. No interesa el instrumento, pero sí la esencia de la palabra, tal como lo marcara Don Andrés.
Conozco a muchas personas, escritores y escritoras, que hacen del trabajo de escribir una actividad social y lo respeto, pero no creo que eso ayude a la creación, ya que ella es siempre una actividad personal, íntima, silenciosa. Muchas personas en sus círculos suelen generar un mundo de burbuja que los desarraiga de la realidad, donde los miembros se auto convocan sin lograr difundir al público sus trabajos.
Construir redes y círculos de lectores
Concluyo reiterando mi transversalidad respecto a las diversas asociaciones. Trato de compartir en los eventos literarios en la medida de mi tiempo y sin exclusión. Por eso he organizado ocasionalmente simpáticas tertulias literarias en la Comarca de los Poetas, en mi ciudad de Valparaíso, compartiendo con escritores de diversas pertenencias y de diversos fustes y estilos en sus trabajos. Mi idea es promover círculos de lectores más que círculos de escritores. Es lo que necesitamos, gente que guste de la literatura, que lea, comente y pida más.
No me interesa hacer del oficio de escritor una mera cuestión social. Creo que hay espacios de cooperación para todos los que lleven este oficio en las venas, y es poder difundir el gusto por la lectura en el público, sobre todo niños y jóvenes; apoyando las bibliotecas populares, aprendiendo de las ediciones en la Web, incursionando en los e-book.
La necesidad de acceder a la industria editorial exige un trabajo concienzudo y eso obliga a colocar las energías de todos y todas en el trabajo más que en las convivencias. En la relación con las autoridades comunales, regionales o nacionales, no admito que el poder utilice a los creadores como comparsa, como los bufones del reino. Exijo que a los escritores se nos respete y que tengamos acceso a espacios dignos para presentar nuestros trabajos, sin censuras de ningún tipo, con exigencias sí de calidad, con amplitud de ideas y visiones, respetando el idioma en su belleza y en su estructura formal.
En general y termino con esto, no suelo participar de las reuniones de escritores cuando se convierten en conventillos ilustrados. Me irrita que se hable mal de las personas. Está bien comentar una obra, eso es constructivo, pero no hay que entrar en el ámbito personal. Como decía Sócrates si me vienes a hablar mal de alguien que conozco, te hago tres preguntas: ¿estás seguro que es verdad lo que me vas a decir?¿Me ayuda en algo saber lo que me quieres decir? ¿Podría yo hacer algo para cambiar los hechos que me quieres contar? Si no contestas afirmativamente estas tres preguntas, mejor no me cuentes nada.
Dejo estas ideas para un sano debate con mis colegas.
11 de diciembre de 2006

Cuando la araucaria de la maceta ascienda al horizonte puede ser que nos reencontremos sirviendo yo de abono a sus raíces y ella ofreciéndome un balcón hacia el futuro. En el círculo de la energía blanca, sus hoy pequeñas hojas aserradas absorben mis pensamientos. implantadas con un verdor transparente desde el útero de la tierra bendita, el frescor de la vida pulsa el aire y ellas serán mis ojos multiplicados para reconocer algún día el infinito.
Desde la semilla sembrada por mi hijo, ha subido lenta, silenciosa, cuidada cada atardecer por la dulzura profunda de la mujer que amo. En las auroras, en esa rutina generosa que atesoro y que agradezco al Padre, saludo a la araucaria desde mi terraza de viento y sé que ella va percibiendo mi admiración por sentirla fuerte, prometedora en medio de mi jardín, donde le converso mis hilarantes esperas terrenales.
Cuando ella se proyecte yo no estaré, pero le pediré que me invite a caminar de nuevo por los siglos que ella abrazará en plenitud, para tomar palco en su copa y explorar de nuevo la ciudad cambiada, los autos voladores, las rondas de niños compartiendo con vecinos estelares, las mujeres paseando sus mascotas celestes que ya no defecarán las calles. Desde la cúspide fuerte de la araucaria del próximo siglo presenciaré los amaneceres alegres de mis tataranietos, y ubicaré alguna gesta libertaria nueva a la cual consagrarme reciclado, como perenne opositor.


