Amantes de Valparaíso
¡Cuánta inspiración has derramado en las almas
de los poetas, Valparaíso! En cada poema que ha brotado de tus conventillos,
tus viejas fábricas, tus cuarenta y dos cerros y miradores, has ido cambiando
de piel y te recreas como inconmensurable crisálida, mariposa multicolor, con
sus alas desplegadas frente al Pacífico.
¡Cómo te estampaste en las almas de los
marineros, de los transeúntes del planeta que alguna vez pisaron tus adoquines zigzagueantes!
Desde un almacén de tu puerto abarrotado de
fardos, trabajando como un aduanero temporal, el joven nicaragüense Félix
García Sarmiento, Rubén Darío, salió al mundo remeciendo con su pluma -tal como
lo hace el viento sur con los conventillos- los cánones reverenciados y
clásicos de la poesía hispanoamericana. Su libro Azul, disruptivo y modernista,
fue publicado en la Imprenta y Litografía Excelsior, en el Número 14 de calle
Serrano, y surgió de esas caminatas que Rubén Darío realizaba por esa escuela viva que fue para él Valparaíso,
con sus letanías de quebradas y amores sin retorno. En parte de Azul, se lee:
“Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin
lápiz, Ricardo, poeta lírico incorregible, huyendo de las agitaciones y
turbulencias de las máquinas y de los fardos…, subió al cerro Alegre que,
gallardo como una gran roca florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos
coronados de casas risueñas, escalonadas en la altura, rodeadas de jardines…
Erraba él a lo largo del Camino Cintura e iba pensando en idilios, con toda la
desfachatez de un poeta que fuera millonario”
Sin lugar a dudas, los poetas tenemos una
deuda filial con Valparaíso, que ha motivado
miles de escritos, empapados de ese relieve disonante, que embriaga de
inmensidad a quien lo recorre.
Hay en esa gran biblioteca de melancolía que
este puerto ha motivado, poemas anclados al adiós de los navegantes y en ellos
se palpa el viento salobre del Puerto, su niebla, el toro del puerto, la
costanera libre para los amoríos adolescentes. Se perciben cantos disímiles que
se escurrieron por las escalinatas interminables hacia el cielo.
En los ojos agotados del exilio martilló
Valparaíso en el yunque de la nostalgia, en cada verso dolido se
arremolinaba una pena profunda. Porque
Valparaíso es la madre tierra, la patria, la energía vital que seca la garganta
de sus habitantes, cuando las distancias imponen su soledad en litorales
ajenos.
Gabriela Mistral, en su discurso de 1954,
cuando arriba al puerto de Valparaíso señala:
“En cuanto a Valparaíso, vive en mi memoria
por la cordialidad de su gente, más esa su alegría que parece una gracia que él
recibe del mar. Si yo viviese en Chile y esto puede pasar algún día, pues nunca
lo he olvidado, no necesitaría para ser feliz sino de ese aire juguetón, y de la presencia marina,
que en todas partes me hace dichosa y cura mis males”
Pablo Neruda, en su Oda a Valparaíso, lo
retrató así: “qué disparate eres, qué loco, puerto loco, qué cabeza con cerros,
desgreñada, no acabas de peinarte, nunca tuviste tiempo de vestirte, siempre te sorprendió la vida,
te despertó la muerte, en camisa, en largos calzoncillos con flecos de colores,
desnudo con un nombre tatuado en la barriga, y con sombrero, te agarró el
terremoto”.
En su último libro, Canto de Extramuros,
Poemas, Osvaldo “Gitano” Rodríguez Musso, 1994, deja a Valparaíso su
compromiso: “Voy a auscultar tu ausencia, a recorrer con los dedos la textura
del olvido, a escribir el abandono sobre el pasto, a desbordar este silencio,
esta falta de espacio en que tú me has sumergido”.
El poeta Fernando Aranda Orrego (1952-1983) en
su libro póstumo, Última Declaración de los DDHH y Otros Poemas, escribió: “En
los cordeles en que cuelgan las ropas las lavanderas, cuelgo las poesías de mi
patria. Valparaíso, en las noches, con sus cerros de luces encendidas, parece
una gran torta de cumpleaños”.
Juan Cameron evoca a Valparaíso en su poema
Canción: “Yo que andaba buscando fui
ciego antes de verte, desnudo sin tu cuerpo y no habitaba el mundo porque tú
eras la casa, la fuerza que faltaba, el
otro brazo ausente”.
Lorena Rioseco, en su poema Pancho Querido le
habla a Valparaíso: “Pancho, que ni el sol derrita tu oro, ni las tempestades
sequen tus praderas, que no tronen las grietas y que el pobre con calle cuide
tu historia”
Emilio Neira, en su Valparasueños, poemas de
noche y día, apunta: “A ti, ciudad de encantamientos debo la nostalgia, cuando
lejos me encuentro. Al regreso, mi alma se desata, para volar encendido de
pasiones”.
En mi libro Memorias Poéticas y Licencias para
un Reinicio, 1993, publico mi poema Por
Nombre, Valparaíso, y le habló así: “En el primer sorbo de tu espuma, en el
primer asomo hacia tus duendes, te llamé, Valparaíso, enredadera de fantasía en
un mágico recodo del Pacífico. ¿Cómo llamarte hoy, andén del alba? ¿Cómo si ya
no hay lumbre en tus candelas? Padre yo te sentí en astilleros, padre yo te
llevé por mil senderos”.
Desde Suiza, el poeta Ulises Varsovia, en su
libro Por las Calles de Valparaíso, escribe “De un agobiante misterio son las
claves de esta ciudad a orillas del mar portentoso y si no has nacido en ella o
no has vivido largo tiempo entre sus habitantes insomnes, no llegarás a su
meollo de urbe marítima preñada de cuatrocientos enigmas”. “Antes que mi edad
palidezca y se difuminen mis recuerdos,
escúchame pasar revista a mis vivencias sobre tu suelo, escúchame cantar,
Valparaíso”.
Carlos Smith Saravia presentó recientemente su
poemario “Valparaíso”, donde recorre recuerdos y vivencias que ha dejado en su
vida de músico y poeta este anfiteatro. Existe una sensibilidad especial en
quienes, por algunos períodos tuvimos que alejarnos del puerto; y ello reforzó
el afecto y la nostalgia, aunque los retornos en muchas ocasiones fueron
dolorosos.
Y se ha sumado también a esta cohorte de
soñadores porteños, un declamador, el poeta Cristian Belmar, caballero de la
Cofradía Hermética de Les Enfants Terribles.
Somos innumerables, sin duda, los poetas que
hemos cantado a Valparaíso y eso constituye el sello indeleble del amor que
provoca vivirlo o apenas acercarse a él.
Ahora, al cierre del año 2025, quisiera dejar,
desde el sitial de poeta y como directivo de la Sociedad de Escritores de
Chile, filial regional Valparaíso, una acción de gracias a esta ciudad puerto
que encandila, que nadie termina de conocer, que se ha esculpido a sí misma con
la fuerza del amor pionero, con su viento sur como canto a la libertad; y
con esa anarquía de voluntades
indomables, resistiendo los embates aciagos de la naturaleza y del sistema
centralista y plutocrático que lo ha
flagelado con su codicia.
A los poetas nos corresponde descubrir
esencias, proclamar y hacer flamear nuestra palabra. El pueblo de esta ciudad
de temporales, ha producido miles de poetas de la tierra, que han sido capaces
de rebelarse al fuego depredador, a las tiranías y al desamor, con una fuerza
moral sorprendente.
Hernán Narbona Véliz
Poeta, Presidente de la
Filial Valparaíso
de la Sociedad de Escritores
de Chile,
SECH-V. Periodista
Independiente.