¿A quién habría de importar esta conversación? Solamente tú y yo estamos en ella. Yo, deambulante poeta por tus litorales, con espíritu chango o chilote, queriendo sumergirme en tu frío redil, para obtener los alimentos con respeto y mesura. Tú, enorme y molesto, queriendo sacudirte la humanidad depredadora, asfixiado por islas de plástico, contaminado de radiactividad, remecido en una profunda ira que activa volcanes submarinos. De las arenas de tus playas soy apenas un guijarro pensante que protesta en la nanocomunicación de tus ínfimas células en contra de la codicia que te depreda sin cesar. Elevo mi voz en un coliseo de mentiras para repudiar el crimen que se comete sobre ballenas y delfines. El demonio quiere matar la vida que contienes, amigo Mar. En mi modesta pequeñez, estiro mi corazón para expresarte mi amor y mi compromiso por defender la vida sorprendente que cobijas en tus profundidades.
Hernán Narbona Véliz, poeta chileno, nacido en Valparaíso, con un largo derrotero por América Latina. Su poesía es una incitación al debate y un aporte a la cultura universal. Poeta de la generación del setenta, escribe desde la angustia o la risa, sin victimizarse, cronista de la vida, con sus sueños en ristre, invita a abrir nuestras ventanas al amor.
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Sunday, March 24, 2013
Friday, November 02, 2012
En el día de los muertos

Desentendernos de los muertos es una defensa inconsciente que desplegamos por el temor a ese trance indefectible y sorpresivo que es la muerte.
Sin embargo, si se asume que ese paso llegará y podremos cruzar en un instante dimensiones astrales hacia un nuevo desafío de vida, quizá diferente en las formas, pero similar en la esencia, no deberíamos temer.
En el paso terrenal cotidiano, nos abrumamos para ser consistentes con nuestra historia y nuestros decires. Pensamos en el legado que podremos dejar y la ansiedad frente al olvido suele aparecer en el horizonte. Dicen que los muertos viven en el recuerdo que dejan en quienes les conocieron. Cada cual es una historia, una pompa de jabón que aparece y desaparece en el universo. Que ese cordón espiritual nos liga a los seres queridos, a nuestros progenitores, a nuestros amigos y a las familias de donde provenimos. Tal vez eso sea real, porque he sentido que ellos se comunican, ya sea para darnos protección o para buscar la solución de temas pendientes. Por eso, camino conversando con mis padres en momentos de presión, intuyo que estoy en sus preocupaciones aunque ellos tengan las propias en su nuevo espacio y tiempo.
Sentirse nutrido y protegido por el amor de una abuela cariñosa te da ocasión también para agradecerle y pedirle perdón por las veces que fuimos insolentes con ella. Repasar tu historia en un instante es una de las situaciones que, se dice, se produce en el momento final, si es que tienes el tiempo concedido para una despedida. El bien morir es hacerlo rodeado de amor, disfrutando el aroma de los jardines que cultivaste y retirando las espinas que hirieron tu caminar. Aspirar a ese bien morir es sentido de levedad, de finitud. Lograr ese bien morir es una gracia que se debe pedir, para vivir en la luz del amor y del bien hasta que llegue la hora de despedida.
La oración es la conversación espiritual que permite la conexión con otras dimensiones y mediante ella las personas hilvanan sus diálogos. Desprovistas de materia las personas son sentimientos, almas que reflejan lo que han acumulado en su vida, en su libre albedrío, en términos de errores o aciertos, en el aprendizaje y evolución espiritual. Por eso necesitan conversar desde una dimensión que ya ha superado las veleidades de la materia y orar en nuestra realidad humana es una forma de acercarnos a la meditación que nos conecte con esos planos astrales. Lo cual es transversal en las distintas culturas y religiones del planeta.
Periodismo Independiente, 2 de noviembre de 2012.
Etiquetas:
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