Hernán Narbona Véliz, poeta chileno, nacido en Valparaíso, con un largo derrotero por América Latina. Su poesía es una incitación al debate y un aporte a la cultura universal. Poeta de la generación del setenta, escribe desde la angustia o la risa, sin victimizarse, cronista de la vida, con sus sueños en ristre, invita a abrir nuestras ventanas al amor.
Paso lista al cierre de este año. Faltan rostros amigos. La familia está rodeándome y me blinda de abrazos. Piso fuerte la tierra para cerciorarme. Tengo llanto rezagado en mis ojeras. Sin embargo, río, río porque estoy vivo.
A medianoche me asomaré a la orilla del mar y lo sentiré majestuoso, acogedor, para nada tenebroso ni cruel. Pero sé que le temo. El mar es como los hombres a quienes la ira ciega y a los que aman hieren. Qué paradoja encierra ese mar cósmico, con cascadas luminosas, con burbujas de champagne, con miles de flash rayando sus oleajes suaves. En la burbuja de un sueño nos uniremos. Será apenas un puñado de minutos, excusa para el abrazo, la euforia, el escapismo. Después, la fiesta, la locura, hasta que las gaviotas anuncien el amanecer y las quillas de los galeones fantasmas se apaguen.
Caminaremos a casa y la música quedará en las venas, impidiendo el llanto necesario.
La emoción cunde en el campamento Esperanza de la Mina San José porque este domingo se ha recibido un mensaje de los mineros y a través de él todo el mundo se ha enterado que los 33 están bien en el refugio.
La euforia de las familias, de los rescatistas y otros trabajadores, ingenieros y técnicos, más las autoridades, se ha expnadido a todo Chile y las bocinas, las caravanas de automóviles. Una historia que culmina con una nota esscrita con plumón rojo y atada con elástico al cabezal de la sonda. VIVOS, LOS 33 , VIVOS.
El presidente Sebastián Piñera se desplazó a mediodía en helicóptero para dar personalmente la noticia. Su suegro falleció esta mañana y por eso no puedo viajar con su esposa al cmpamento Esperanza, pero trajo su saludo para las mujeres de mineros, las madres y hermanas que hicieron vigilia por 17 días, en torno a 33 banderas flameantes. La emoción es profunda y Chile agradece el esfuerzo, la fe, la esperanza que nunca se perdió. Desde Atacama al mundo, una oración de agradecimiento por un verdadero milagro. ____________ Chañaral, 22 de Agosto de 2010.
Estamos hoy de aniversario. Unidos por 39 años contra todos los pronósticos envidiosos o veleidosos de ex novias o parientes. Sobrevivimos cuatro décadas que es inoficioso resumir. Somos una sólida amalgama de colores, vivencias y sueños.
No cargamos lastres. Flotamos como los globos de helio que dispararon las utopías generacionales cuando, hace dos años, estuvimos en París.
Hacemos una apología silenciosa al matrimonio para toda la vida, no pretendemos convencer a nadie de nada, somos insoportablemente autosuficientes y nos gusta estar solos, retozando de amor, conversando, comiendo cosas ricas, confidenciándonos nuestras últimas ideas y compartiendo esa telepatía intrusa que nos ayuda a congeniar sin palabras nuestros caminos cotidianos.
Hace 39 años comenzamos este caminar y hemos sido permanentemente novios y esto es motivo de sano orgullo. Nunca me aburrí de nada tuyo y sé que de tu parte ha sido igual, un constante cuidado recíproco. Muchas veces nos preguntan cómo hacemos, si no nos aburrimos de andar siempre juntos y nuestras respuestas son siempre simples, estando juntos sobra el mundo, aunque a veces esto sea un poco impertinente para quien nos escuche, o quizás poco creíble, dadas las tendencias actuales que demuestran que son más los divorcios que los matrimonios.
Por eso mismo, valga dejar constancia de ser una pareja de amantes, donde cada cual coloca sus talentos, su pasiones, sus aspiraciones.
Y vamos estructurando el proyecto, cubriendo sus etapas, cumpliendo el rol de padres, ahora entrando al de abuelos dedicados. Sobre todo tú que eres la vinculación permanente a nuestros hijos y sus vidas.
Yo tras de ti te sigo en esa relación tierna y preocupada que nos hace ser familia unida, en las buenas y en las malas. Yo extraigo de nuestra unión las fuerzas para bregar por el mundo, nutriéndome de la verdad que descubro en nuestra propia consecuencia. Repasando tantas páginas, cuantos desencantos y dolores, pero sin que haya que cargarlos, dejando un mero registro qiue ayude la memoria a ser cuidadoso, a pisar con paso enérgico pero con cuidado para no volver a tropezar.
Es el esfuerzo mágico de la vida en pareja, amándonos, tocándonos, abrazándonos, amándonos con frenesí, cuidándonos, riendo, riendo mucho y descubriendo la magia de Dios en una naranja, en el desayuno lleno de mar y sol, cuando un beso despide el cansancio y se inaugura una nueva jornada, muy temprano para vivirla intensamente.
Llevamos 39 años. Tú tenías 15 años y yo 21. Muchos dijeron que eso no tenía futuro, que por nuestro genio a corto plazo vendría el fin. Pero, como ves, tuvieron que tragarse sus deseos y sus comentarios malintencionados. Porque aquí vamos, cruzando desiertos, cordilleras, construyendo comarcas, respaldando a los críos, gozando las sonrisas de las nietas, acogiendo con amor a las futuras mujeres de nuestros hijos varones.
39 años plenamente vividos, con alegría, con temple, con inteligencia acumulada y con una enorme fe en Dios, que se nos presenta, como tú dices, en los gajos brillantes de una naranja matinal, que nos promete un día más, que juntos agradecemos en silencio.
Declaremos a dúo, que seguimos cuesta arriba, livianos, de la mano y amándonos sin traumas ni penas, hasta que la muerte nos abra camino al otro jardín que deberemos recorrer para batir un nuevo record. ______________ Chañaral, 6 de junio de 2010
Vuelvo, cincuenta años después, a presentar mi poesía a la escuela Manuel Rodríguez del cerro Polanco, donde un profesor normalista, Sergio Escobar, guió su primer Taller Literario Infantil, publicando en 1960 la Antología Ventanario, Cristal y Luz del Niño.
Eran los años cincuenta, gobernaba Chile Don Gabriel González Videla, el político radical que había dictado la Ley Maldita en contra de los comunistas. Después vendría Ibáñez del Campo, en su segundo mandato, y el 58 saldría elegido Jorge Alessandri Rodríguez, el paleta.
La calle en que viví de niño se llamaba Basterrica y estaba entre Fuentecilla y Simpson, a una cuadra de la Escuela 77, Manuel Rodríguez. En una esquina estaba el Retén Polanco, con caballerizas sobre Fuentecilla y de la otra esquina, el almacén 16 de Agosto. Doblando la manzana estaban la Zapatería de Miño y el puesto de Doña Ema, que vendía cloro y jabón gringo, con un hijo llamado Gilberto que se hizo empresario de las micros Barón. En la siguiente esquina por Simpson estaba el almacén de Don René, en un clásico emporio oloroso a canela y otras especias. Al medio de la manzana se ubicaba el cité con un patio grande en torno al cual se alineaban las piezas. Un chofer de los trolebuses, entonces Empresa de Transportes Colectivos del Estado que se había inaugurado el 1 de enero de 1953, el Señor Zurita, que tenía como 10 hijos, arrendaba casi todo el cité. La dueña de todo el barrio era doña Benita Solari y su hermano Colombo. Ellos vivían en la mansión ubicada detrás de la entrada al ascensor Polanco. Cada mes yo acompañaba a mi madre a pagar el arriendo y admiraba la casa enorme, que siempre permanecía con los muebles cubiertos por paños blancos, como una casa sin alma.
Un poco más arriba, por calle Simpson, vivía don Enrique Duarte, Director de Escuela y casado con mi tía Marta Villarroel, hermana de mi abuela paterna, que tenía dos hijos, el Polito y el Carlín, todos ellos fundadores de la Junta de Vecinos del Cerro Polanco.
Recuerdo a mis vecinos y muchas historias de barrio. Hubo algunas trágicas que entraron a formar parte de las leyendas del cerro.
Mi casa ocupaba casi toda la cuadra de Basterrica y se ingresaba a ella por el número 16, por una escala coincidentemente de dieciséis peldaños, que llevaba a un largo corredor que tenía las piezas hacia el lado de la calle y glorietas con vidrios hacia el patio interior, donde habían dos casas, la de Doña Marina y la de la Sra. Adela. Era la nuestra una amplia casa y en el corredor había muchas plantas, la cocina, un par de lavaderos con artesas y el baño. Tenía también la pieza del carbón donde se almacenaban los sacos de carbón y también sacos de papas. Al fondo, colindando con el retén estaban las piezas de comedor y el dormitorio de mi abuela Laura, donde me acomodaron cuando nació mi hermana y tuve que dejarle a ella la cuna de bronce en la pieza de mis padres.
Desde niño dominaba mi espacio y la casona grande estaba llena de primas que venían a estudiar de Petorca al Liceo 1 de Niñas, llamaban a los espíritus y se lavaban sus largas cabelleras con quillay y shampoo Sinalca. Por las tardes, las mujeres a tejer y a uno lo tenían de enhebrador de agujas o con los brazos extendidos como desenrollador de madejas de lana, mientras las historias saltaban, iban y venían los comentarios sobre el barrio, la política, todo lo cual yo absorbía como esponja, grabándolos a fuego de brasero en mis fantasías infantiles.
Mientras mi hermana jugaba a la payaya con una bolita de cristal y un conjunto de piedras pequeñitas, sobre la toilette de mármol en la pieza de la abuela, yo permanecía en medio de las mujeres escuchándolas en silencio, como en un radioteatro del que era auditor privilegiado y casi exclusivo.
En otra ala del segundo piso, en la misma cuadra, arrendaba dos piezas independientes la Señora Jovita, que tenía dos hijas, la Patty chica y Laura. Bajo nuestra casa vivía la Señora Marina que vivía en la casa de planta baja tenía dos hijos. Hernán, un muchacho grandote, adolescente, y Patricia, de mi edad. También estaba la casa de la Señora Adela, que vivía con su marido, su hija Chelita, su nieta Rosita, y su papá, un abuelito encorvado que liaba sus cigarrillos a mano, sentado a la puerta de su casa.
En la esquina, frente al 16 de Agosto, estaba la Carnicería del Chino, que vivía en una hermosa casa del Paseo Taiba y tenía un hijo de mi edad. En la vereda de enfrente estaba el puesto de pan de la Señora Hortensia, las casas de mi profesora Sara, y la de la Sra. Emilia, una mujer de pelo cano y colorada, con pinta de alemana, que tenía dos hijos varones, uno de los cuales estaba casado con Victoria a quien llamábamos Toya. Frente al retén vivían la Pocha y Miguel, compañeros de curso en la Escuela 77, Manuel Rodríguez
Un día supimos que el hijo mayor de la Señora Marina se había suicidado, nunca se aclaró el porqué y después de la tragedia ellos se cambiaron..
Cuando llegué al segundo año de preparatorias, mi compañera de banco fue Rosa Escalante, Pochita, que me juraba que se casaría conmigo si yo le hacia las tareas, pero después de hacérselas se reía y yo la perseguía y le tiraba la trenza, siendo reprimido por la profesora Señora Sara con literales tirones de orejas, hasta que decidió terminar con el idilio, cambiándome de puesto.
En una ocasión, con Patricio Herrera en tercer año de preparatorias, ambos con 7 años, nos peleamos en el recreo y el resultado de la lucha fue que los botones de nuestros suspensores saltaron y la señora Sara nos puso delante de todo el curso a colocar esos botones. Yo enhebré la aguja pero el Pato era muy torpe para pegar un botón y estábamos en ese castigo cuando llego la mamá de Patricio, Doña Elsa Guerrero a salvarnos, pues ella pasaba por la escuela y de pura casualidad nos libró del castigo en medio de las risas de todo el curso.
También hubo tragedias en ese pequeño escenario de infancia, hechos que empañaron la alegría del barrio.
En la calle Basterrica jugábamos con pelotas de trapo unas pichangas sensacionales, allí anduve en triciclos y monopatines que me hacía mi papi, sólidos en un fierro pesado que imponía respeto. Allí saltábamos con un enorme cordel hombres y mujeres, jugábamos al trompo y en los dieciochos corríamos carreras de ensacados. La Junta de Vecinos funcionaba en el Comité, una sede social a la vuelta del Retén, justo donde empezaba el Paseo Taiba. Allí se podía bajar a una quebrada, donde se había hecho una pequeño explayo que llamábamos cancha de los pacos. En esa cancha se instalaban los circos pobres que iban por los cerros llenándonos de fantasías. En ese Paseo Taiba que llevaba a la Plaza Santa Margarita en Larraín, el cerro vecino, se hacía la fiesta de la chaya, en la que nos disfrazábamos de piratas pintando las caras con corcho quemado y usando pañoletas rojas y parches en el ojo.
En la plaza Santa Margarita celebrábamos la semana del niño y nos hacían plantar arbolitos, que hoy deben ser adultos mayores, y recitar en el podium con micrófono, cuestión que te llenaba de adrenalina.
Una historia trágica ocurrió en la calle Basterrica, cuando un camión atropelló a un niño que quiso colgarse, pero resbaló. Ocurrió casi en la puerta del Retén y todos lloraban el hecho. Desde entonces las mamás nos restringieron los juegos y el Cachorro, un paco malo con corazón bueno, nos corría de la calle y se quedaba con las pelotas de trapo, para mantener despejada la vía que empezaba a tener el paso rutinario de los microbuses.
El dueño del almacén 16 de Agosto era un vecino de nombre Fernando, un tipo pintoso, de ojos claros y bigote castaño. Se casó con una de las mujeres quinceañeras más lindas de los carnavales de primavera, la hija del dueño del Yate, el negocio que estaba en la plaza. Gran alegría hubo en el barrio y la divisamos vestida de blanco, radiante del brazo de su marido Fernando. Pero, el hombre era violento y un lunático que comenzó a maltratar a su bella mujer, el barrio entero lo supo y fue el comidillo de todos. Hasta que un día, ella, aburrida lo dejó y se fue a vivir con un chofer de microbús, cuando recién comenzaban los recorridos al cerro, desde el Pasaje Quillota hasta la calle Basterrica. Fernando cerró el Almacén y nunca más se le vio por el cerro.
Este episodio fue en la misma época en que en el cerro Molino se realizaba el casamiento de homosexuales y el diario El Clarín colocaba con error un titular que estigmatizó al cerro para siempre “Casamiento de locas en el Cerro Polanco”, en circunstancias que la boda gay, como se la habría llamado ahora, se había realizado en el cerro El Molino, vecino a Polanco, hacia la quebrada Santos Ossa, que comunicaba con el cerro O`Higgins.
En mi calle Basterrica la Señora Adela sufrió también la pérdida de su hija Chelita en una trágica situación. Ella era una mujer de unos 37 años, que cantaba tangos mientras restregaba ropa en la artesa y yo la miraba desde mi balcón. Tenía una voz hermosa, siempre se la veía enfundada en unas polleras largas, ropa oscura, calzando su destino de solterona que había perdido el tren del amor. Pero, en ese actuar discreto que imponía la hipocresía de época, Chelita supo mantener un fogoso romance con un carabinero, que trabajaba en el retén contiguo. Al parecer por un embarazo que había llegado demasiado tarde, Chelita murió. El dolor fue tan intenso que esa familia fue muriendo en breve tiempo, Partió primero la Sra. Adela, luego su marido, que al enviudar se había casado con una señora que tenía dos hijas. Al final, la familia partió a Santiago y Rosita, mi dulce enamorada de infancia, con quien jugábamos a las visitas, al doctor y otras perversiones infantiles, se tuvo que ir a Santiago y yo con mis ocho años entendí del amor imposible por primera vez.
Así fueron desmoronándose los actores de ese escenario de infancia, con imágenes de alegrías y con los dolores sumergidos como cualquier barrio chileno.
Otro hito trágico ocurrió en los sesenta, después del terremoto de 1965. Nosotros ya nos habíamos mudado de Basterrica y vivíamos más arriba, en Fuentecilla. El terremoto dejó inhabitable el edificio y muy pocos se quedaron en la manzana, donde la final se construyó el condominio Población Paicaví.
Como todos los miércoles y sábados, doña Victoria, nuera de la Señora Emilia, había ido a la feria de Avenida Argentina y subía por el Ascensor Polanco con sus bolsones cargados de frutas y verduras. Ese ascensor, para quienes no lo conozcan, tiene en su parte baja un túnel de unos 100 metros que penetra tal cual una mina en el corazón del cerro, donde se observan vertientes que fluyen y se canalizan desde la roca viva hacia los costados del largo túnel. En sus orígenes había dos carros que funcionaban y llevabana la torre, pero a partir del terremoto de 1965 sólo se dejó un carro y la gente hacía fila en el túnel para subir hasta la torre. Desde el mirador al cerro, un puente. Cuando Doña Toya lo cruzaba con sus dos bolsones que nunca soltó, el puente se desmoronó y ella murió trágicamente al caer desde una altura de 30 metros al vacío. Ese puente tuvo siempre el sino trágico de los suicidas que lo utilizaban para su partida.
Años después, en los años ochenta, compré para mi familia una casa en el sitio exacto donde había vivido de infancia. Allí se criaron mis hijos, pero eso es otra historia.
En una ocasión viniendo de la feria, un miércoles o un sábado, divisé en el túnel una mujer con dos bolsas en sus brazos. Apuré el paso para alcanzar el próximo ascensor y vi que la mujer llegaba a los pies del ascensor y la perdía de vista cuando doblaba al fondo, donde una banca de madera servía de lugar de espera. Mayúscula fue mi sorpresa al llegar a ese mismo sitio, sin encontrar anadie, en circunstancias que aún el ascensor no bajaba. La mujer había desaparecido y me quedó la sensación de que era el espíritu de Doña Toya repitiendo su trayecto fatal.
Leyendas e historias en torno a la Junta de vecinos del cerro Polanco, un barrio que tuvo en esas familias miembros entusiastas que creían en las familias como espacio seguro para el crecimiento de sus hijos, en un Valparaíso donde los pitos de las fábricas cada amanecer llamaban al trabajo, las madres nos ponían nuestros buzos color crema y partíamos a la escuela, formados en el patio, con el pelo peinado con gomina hecha de membrillos o con jopo endurecido con limón. Los domingos eran con matinales en el teatro Metro, había catecismos en la Iglesia del Pilar, había partidas en la Laguna y al regreso de Barón estaba el convento de las Carmelitas con sus enormes muros y sobre la esquina la imagen de la virgen del Carmen, punto obligado de persignación y oración.
Fueron los cincuenta, con una realidad de barrio que al relatarla hoy adquiere una dimensión fantástica, con la vitalidad del ingenio con que se inventaban juegos con algarabía y picardía. Tenía tres o cuatro años cuando mi abuela me leía el Peneca y mi madre coleccionaba la revista Para Ti. En casa se acumulaban las revistas Life y O`Cruzeiro, en donde se podía leer noticias de la reciente segunda guerra mundial y la guerra de Corea.
Cuando me llevaron a kindergarten ya había aprendido a leer y por ello me saltaron directamente a segundo de preparatoria con la profesora Sra. Sara Pérez, que cojeaba y tenía el pelo con permanente, el sello adusto, pero un corazón generoso del porte de una casa, que imprimiría valores y buenas costumbres en sus alumnos, haciéndolos gente de bien. En mi curso había jóvenes de todas las edades. Recuerdo a mi amigo Luis Vergara, al que llamábamos Condorito, que tenía una gran habilidad para las caricaturas. También a los compañeros de curso como el Pato Herrera, Darío Mercado (Nieto de la Sra. Sara). Con el Pato y su hermano Gonzalo hemos compartido períodos intensos de nuestras vidas, en cambio, a mis viejos compañeros Barrientos, Piccardo, Yañez, Carreño, nunca más supe de ellos y eran parte de la Antología Ventanario, Cristal y Luz del Niño.
Dirigía entonces el equipo de profesores la Profesora Josefina Morfino y trabajaban las profesoras Olga y Alicia Herrera Pérez, hijas de Doña Sara. La profesora de Kinder era la Srta. Teresa, que usaba unos grandes lentes, detrás de los cuales había una linda mujer, de simpática sonrisa. Otros profesores fueron Luis Zaldaño y Sergio Escobar que llegó a la Escuela el año 59, realizando en dos años una gran labor, cuyos resultados marcaron mi vida para siempre.
Ahora, en un torbellino de recuerdos, invitado por la Junta de Vecinos del Cerro Polanco y su centro cultural, me preparo para reencontrarme con mi infancia, volviendo orgulloso a mi escuela pública Número 77, Manuel Rodríguez, a compartir mi poesía, cincuenta años después.
El poemario Cable a Tierra es la última publicación de Hernán Narbona Véliz. Su distribución se realiza en la Feria del Libro de Viña del Mar, a través de los stands de la Sociedad de Escritores de Valparaíso, del Círculo de Escritores de la V Región y la filial de la SECH en Valparaíso. Además, el proyecto editorial ha organizado la venta por vía postal en una promoción de lanzamiento, para lo cual se pueden cursar los pedidos al correo de Pablo Narbona Ramírez, pnarbona@gmail.com
La esquela virginal abre sus brazos de luna. La invaden mis exploraciones. Búsqueda frágil de algún soplo. Cavernícola necesidad de comunicación. La nada baila con sones de tamboriles. Es el gran poder de la palabra el que desciende. Debo ser jardinero con manos atadas. Desierto que repone los rencores. Candilejas de vallenatos trágicos. Aromas de tangos espumeantes de vacío. Pensamientos que no quieren aflorar. Restricciones de tiempo y la esquela sigue. Sin destinataria. Sin un beso. Sin los preámbulos que canalizan las pasiones. Sin la humedad que se genera en la boca. Sin saciar el desolado dolor de la ausencia. Desafío inconfesado de retomar la réplica. De sonsacarle esquirlas al sol que amanece. Sin fuerzas para recuperar en una esquela confidencias de senos abiertos. Musicalidad al soplo de los dedos, escarbando locuras en el monte de Venus, convencido de la perpetuidad del romance. Amante de la suave organza, comediante de la pluma astral. Tarotista acogedor de tus silencios y quinta columna de tu reprimida sonrisa. Desafío de contar en una esquela la lejanía de tu estrella y mi red de candilejas tratando de acercarte para el festín de las pasiones adeudadas.
Cuando las décadas vividas se apilan, llegando a seis, son necesarios y oportunos el equilibrio y la síntesis. Cuando se repasan los registros de una vida acelerada, el tratar de resumir seis décadas, es un buen desafío. Soy un hombre que ha cruzado dos siglos con los ojos y la mente muy abiertos, experimentando el tráfago del cambio, tratando siempre de ser parte de él. En este derrotero hice buenos amigos, algunos circunstanciales, otros permanentes, pero igual todos importantes en la construcción de tu hoja de ruta.
Fui un niño amado a destajo. Los cincuenta, tienen el color de la mamadera verde con que cada tarde escuchaba al hada madrina. Niño de radio y lectura, peleas a espada y procesiones. Escuela Pública Manuel Rodríguez, sin patio, recitando en el día del niño, jugando en los adoquines frente al puente del ascensor Polanco. Juegos en la calle Basterrica y el paseo Taiba, patines de cuatro ruedas, trolebuses, primas y vecinas, triciclos, monopatines, trompos y emboques, en la radio el Adiós al Séptimo de Línea, Radiotanda. Al finalizar la década paro de estudiantes, globos de las plazas rotos, mi papá luciéndose con su torpedera fabricada en Astillero las Habas, feria de Asiva Estadio Valparaíso. Curso de periodismo infantil en el IPA, taller literario, Ventanario, Cristal y Luz del Niño, el descubrimiento de la poesía anidada en todas las cosas.
Los sesenta se abren con la muerte de mamita Lala, mi abuela materna. El 61 ingreso al Rubén Castro, viene el mundial de fútbol, el periodismo escolar, Copihue Tricolor, llego a ser acólito, cruzado, mariano, sigue la poesía. Publican en el diario La Unión un bello poema a la madre. Lo simpático es la anécdota detrás del poema, cuando dulcemente mamá me instaba a apagar la luz de mi pieza y dormir. La adolescencia feliz, con Buddy Richard cantando Cielo, los Iracundos cantando Calla. En el Rubén Castro siguen las actividades en, Panorama, , Rincón Juvenil, 15 años, el primer amor platónico, Mónica, Liceo 1. Muchos retiros espirituales en Santiago y La Leonera con los jesuitas, Cinerama en Santiago, los Beatles arrasan. Llega la Universidad de Chile, Escuela de Ciencias Políticas y Administrativas, trabajos de verano, reforma universitaria, el despertar político sexual de mi adolescencia, se conjuga la revolución y la formación jesuítica, sigue el periodismo, creo el Mañaño Time, la primera revista de la Escuela de Aduanas en la U de Chile.
Los setenta se inician con mi ingreso a la carrera de Periodismo, como segunda carrera, justo cuando concluía la de Administración Aduanera. En Junio ingreso por concurso a la Aduana de Pudahuel. No puedo votar por Allende por no tener aun 21 años, pero soy parte de la campaña, desde el diario Venceremos, donde escribo muchas crónicas, como Desidiotizando a la cabrería. Muchos de los curas conocidos abrazan las banderas de cristianos por el socialismo y me sumo a ellos. En la Semana Santa de 1971, conozco a Rosy y nos enamoramos. Cuando viajo a Praga y varios países de Europa tengo 21 años. Compro las ilusiones en Plaza de la Ópera en París. Vivimos el corto período de la Unidad Popular como militantes, pero poco a poco nos absorbe nuestro amor.
En diciembre de 1973 soy exonerado e integro orgullosamente las listas negras de la dictadura. Emigramos a Buenos Aires. La audacia de insertarnos en la city porteña sin entrar al circuito del exilio. Lo logramos y con eso la seguridad. El diario Clarín me permiteacceder a los dos empleos que tuve en Buenos Aires. La poesía surge a borbotones durante el dolor de una separación de 10 meses, mientras nacía mi hijo Hernán en Chile y en Argentina moría Perón. El reencuentro nos deja como pareja a 2000 kilómetros de los padres y hermanos, saludable distancia que debimos haber mantenido. Nace Natalia en 1977 en la clínica Marini de Palermo. El trabajo es un buen refugio para cruzar por la terrible dictadura argentina. En 1979 entro a estudiar un post título en Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador. Un amigo tano se convierte en nuestra familia, celebramos varias Pascuas con caldillos de congrio y lasagnas.
Al inicio de los ochenta regresamos a Chile. La recesión argentina nos empujó y también la ilusión de compartir con la familia. De recesión aprendimos y también, a golpes, de los egoísmos que existen en las familias. El aterrizaje en Chile fue difícil y supimos que teníamos que seguir solos con nuestros hijos, en un ambiente que se agravaba por ser demócratas y opositores al régimen de facto que imperaba en Chile. Los ochenta fueron la combinación por abrirse espacios, partir de cero, recurrir a tus talentos, escribir la experiencia gerencial. Así nació el Manual de Comercio Exterior, con adrenalina, pasión y esfuerzo. El trabajo en docencia me hizo vivir por años viajando a Santiago. Luego el Manual del Exportador, Negociación Internacional. El amigo Ramón Elizalde me dio la oportunidad de tomar este camino autoral. El 83 ingreso a la UCV, Escuela de Ingeniería de Transporte. Paralelamente hago radio en Marbella FM y comentarios semanales en Canal 4. Audazmente compro mi primera casa en el mismo y exacto lugar donde había nacido en la calle Basterrica del cerro Polanco. Ese mismo año muere papá, infarto al miocardio, a los 63 años. Es el tiempo de las protestas, apagones de luces y caceroleos coordinados. La libertad es la gran carencia y por ella luchamos. 1984 nace Pablo y estoy en su alumbramiento, saldando una deuda por no haber estado en el de mis dos primeros hijos.
El terremoto de 1985 fue una experiencia familiar imborrable. Me recuerdo con Pablo en su arnés sobre mi pecho y ambos corriendo en bicicleta por los cerros. Ese año, me voy a México en una beca OEA de Gerencia Internacional. Me despide Pablo que tiene 1 año justo. Vivo una gran experiencia que me abre las puertas como consultor del Cicom OEA, Centro Interamericano de Comercialización de OEA. Ya tenía dos manuales en circulación y los llevé de obsequió al Instituto Mexicano de Comercio Exterior. Paralelamente llevo a México terminado, mi poemario, Miedo al Miedo, Poemática para abrir nuestras ventanas, aún no publicado. Leo mis poemas a exiliados chilenos en México, particularmente a Denisse y su familia, a Vicente Querol Cabrera y sus amigos. Regreso a Chile lleno de energías y justo ocurre el terremoto de México. Al año siguiente la OEA me envía en las primeras misiones como consultor, actividad en la cual recorrería toda América Latina y el Caribe.
El tráfago de fin de los ochenta estuvo marcado por los afanes políticos por la recuperación democrática. En 1982 me había reincorporado al PDC, donde había pertenecido a mediados de los sesenta. Nos colocábamos al alero de los organismos binacionales, como el Instituto Norteamericano o Británico, donde presento en 1987 y 1988 mis poemarios, Miedo al Miedo y Eroscidio, Amática frente al Desamor. Desde 1987 había logrado mantener una columna semanal en la Estrella. Ese mismo año, al alero de la UCV, creo el Consejo Académico de Integración y provocamos un interesante acercamiento a la Argentina democratizada en 1984, con un proyecto que rompe esquemas y que es seguido posteriormente por los gobiernos democráticos, de 1990 en adelante. Por lo tanto, desde diferentes ángulos, los ochenta fueron un decenio de reinserción cívica, profesional y afectiva en Chile, desplegando la palabra en radios, periodismo de opinión, la cátedra universitaria. Surgían mis primeros libros técnicos, mis primeros poemarios y ya marchábamos con 3 hijos.
En los noventa, el desencanto con la transición y el trabajo internacional intenso. Para cerrar los dieciséis años de dictadura, publico Memorias Poéticas. Licencias para un Reinicio un libro que recopila tres décadas y busca dar un vuelco en la temática poética futura. En 1993 y 1996 dos nuevos títulos técnicos y ya cuatro poemarios, engrosan la lista de mis obras. Vivo en gran medida de mis derechos de autor y de lo que genero con mis viajes de consultoría que aumentan y crecen en jerarquía. Trabajo de manera continuada en República Dominicana, Argentina, Ecuador, Colombia y Brasil. En 1995 formo mi propio equipo de trabajo. Todo va viento en popa, pero en 1998 una artera traición que proviene de un pariente y de una mentira familiar, nos deja a maltraer. El esfuerzo por la recuperación es durísimo, pero logra sus frutos. Innovadores y tozudos, con Rosy somos una sufrida unidad en amor y trabajo. Edito el libro Comercio Internacional, Secretos del Negocio. Llego al año 2000 con un intenso trabajo en Ecuador, Bolivia y Paraguay. Salimos a flote como corchos, magullados, con secuelas que deberemos afrontar al entrar en el nuevo siglo. Lo maravilloso de este decenio es que en él nace mi primera nietecita, Valentina Paz, que será el ángel que nos ayudará a todos a superar la crisis y revertirla en una gran unión familiar.
Siglo XXI, el 2002 se va mi madre. Cumplo su deseo de que me reintegre al Servicio Nacional de Aduanas. Lo hago 3 días antes de que ella fallezca. Me aboco a la función pública y el 2003 termino mi consultoría para el Ministerio de Hacienda del Paraguay. Trabajo como Asesor de Capacitación y aporto mi experiencia en el área. Hasta que en 2006 gano un concurso de Alta Dirección Pública para asumir en la Región de Atacama, como Administrador de Aduanas. Desde esta ciudad puerto de Chañaraldespliego mi entusiasmo intacto, como el primer día en que ingresé al Servicio en Junio de 1970. Además de cumplir con mi función directiva, sigo escribiendo y manteniendo este espacio de opinión y debate.
Dejo atrás un proyecto familiar del cual se han hecho cargo mis hijos y así, seguimos con Rosy, tomándole cada día el pulso a la actualidad, interesada ella en sus tres hijos y sus dos nietas y yo, como ha sido siempre, preocupado de la Transparencia, la Anticorrupción y una democracia profunda. En el fondo, ambos coincidiendo, pero con acentos diferentes, complementándonos como matrimonio que lleva ya 36 años. Desde esta cotidiana aventura, en donde el amor no es una impostación sino expresión real de alegrías y broncas, hemos avanzado 39 años, casi los mismos cuarenta que puedo lucir en lo profesional. Con seis décadas y la juventud intacta, pensando en positivo, pero cuidándonos de las malas vibras con nuestros cables a tierra, entramos a una nueva etapa, donde la única diferencia con la juventud será poder ocupar los programas de tercera edad de turismo y farmacias.
Creo necesario dar gracias a Dios por todo lo que me ha dado, esperando cubrir sus expectativas como un buen cristiano que, bromas aparte, ha buscado en su autodidacta curso de ángel, ser mejor persona.
Naranjas cotidianas, mis recuerdos, son zumo embriagador,traen espejos. Tintinean las poncheras, un cojo se menea en una pierna, un piano suena, salta la cumbia, apretados merengues, caderas que se cimbrean. Momento de bailes voluptuosos, de propuestas. Destiñendo de la jarana, mi prédica en un sofá era monserga. Que duró un suspiro, hasta que apareció ella, toda piel por descubrir, adulándome sus ojos mentirosos, invitándome con sabia sutileza a recorrer sus montes sin fronteras.
La tibieza de sus muslos marcó mis noches. Su cuerpo redondo fue archipiélago,sus caricias primores descubiertos. Su aroma de señora de experiencia fue un tentador regalo, vino añejo. Toda mi cordura claudicaba en ella, su fuego arrasaba catecismos y dejé de preguntar leseras, que porqué, que cuando y si de esto algún día te salieras.
Extraño fornicar por sus estuarios, saboreando piel canela, bocetos de altiplano o de candela. Desprejuiciado y loco, escapando de novias pretenciosas, la tuve acurrucada sin premuras, escuché respetuoso sus historias de viajera. Quiero dar las gracias a ella, gran meretriz, hembra primera, gran amiga desconocida, conversadora, paciente, habilosa forjadora de mi libido. Gracias a ella por sus lecciones tibias. Gracias por mostrarme su arte que dejó allá arriba mi autoestima. Gracias por haberme aceptado sin cigarros. Y, sobre todo, gracias por haberlo hecho gratis, compasiva.
Apareces de pronto por los vestíbulos, le cambias el color ocre a mis buhardillas, eres mariposa pregonando la primavera, te posas en las cajas llenas de fotografías, las barajas dominando el tiempo, formando mosaicos de besos y dejas en el último libro tu perfume trasgresor que incita mis venas.
De pronto te atrapo, subo por tu pecho, aferrándome a la luna de tus senos, cual minero que viene de los socavones a mojar su garganta en aguardiente.
Exploro en la niebla tu sonrisa, siento tu boca en la mía, encamino mis manos hacia tus caderas y el sudor me empapa como vertiente, el cielo se llena de jirones rojos y, de pronto, te alejas, desnuda, promisoria, esquivándome, jugando conmigo, perdiéndote hacia el mar en un suspiro.
De allí en más, la madrugada se me hizo fría y despiadada, la fiebre martilló sobre las sienes, mis ansias de ti se calmaron lentamente y tuve que esperar acodado al buzón oxidado de la plaza del pueblo, mascullando soledades y espejismos camino a las ánimas, hasta que la aurora se compadeció de mi y me hizo dormir entre sus brazos, esa mañana de hospital.
Sacudiendo los lastres, alivianando los morrales para la siguiente caminata, echo un vistazo atrás y trato de recordar amadas lejanas, pero sus tenues perfumes color sepia se hacen remolino.
Desde las playas tibias del Caribe aparecen esas sirenas en topless que me encandilaron. Las sensaciones revolotean en torno a mi cerveza, rescatadas como leyendas fantásticas de mis archivos mohosos, formando parte de expedientes que quedaron apilados y a nadie interesan.
Quiero acelerar el tranco para retomar esos buenos propósitos de infancia, los mismos desatinos de adolescencia, confiando en esta regresión crepuscular que nos invita. Quiero así prepararme para la segunda mitad de mi vida.
Por ello, enarbolo la risa y me relajo a orillas del mar, conmovido por los pelícanos intrusos que esperan su propina junto a la caleta. Por ello, me adentro en el desierto y escudriño entre las arenas las esfinges de mis gordas criollas, recostadas al viento, esperando al minero fantasma que se perdió en esos pueblos hundidos, repletos de cahuines y de artistas.
Parto lleno de bríos, acorazado de amor, febril de felicidad y amor recibido, inventando nuevas leyendas de adoquines, persiguiendo los besos de las auroras, liviano de equipaje, abrazado contigo y alegre, muy alegre, de madurar unidos este remozado amor que decoras a diario con tu risa y tus besos. ______________ Chañaral, 24 de mayo de 2009