Hernán Narbona Véliz, poeta chileno, nacido en Valparaíso, con un largo derrotero por América Latina. Su poesía es una incitación al debate y un aporte a la cultura universal. Poeta de la generación del setenta, escribe desde la angustia o la risa, sin victimizarse, cronista de la vida, con sus sueños en ristre, invita a abrir nuestras ventanas al amor.
Friday, June 14, 2024
Café de media tarde
Thursday, June 13, 2024
Tarde de lluvia
Saturday, November 30, 2013
Escribir desde la Felicidad
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Monday, March 04, 2013
Diálogos marinos 4
En un segundo, se me vienen todas las playas a la memoria, las templadas aguas de Boca Chica, de Manta, las heladas aguas de Calbuco, la sensual calidez de Ipanema, las nubladas arenas de Pinamar, el baño desnudo en Montecarlo, la quietud de las Torpederas o el desafío conquistador de Caleta Abarca y la playa Poca Ola de Recreo. Sobre las rocas, como en una regresión,me siento a escapar de esas olas sorpresivas que se llevaban la ropa de mis primas y veo a mi abuela salvar las budineras con ensaladas chilenas y aun siento su risa y el aroma de esos paseos familiares, en que mi única preocupación era ser feliz.
Quizás esto te explique, amigo mar, porqué en mis silencios te observo como un viajero perdido, anclado a romances, recuerdos, sueños persistentes que se estiran como atemporales bocetos de amistad, nutriendo mi creciente madurez, entre desiertos y dunares.
Tuesday, September 18, 2012
Apuntes a la partida, 18 de septiembre 2012
Saturday, August 06, 2011
Matrimonio en tiempos de cólera
Matrimonio en tiempos de cólera
Era el 6 de agosto de 1973 y el país estaba convulsionado, paros por doquier, emplazamientos al gobierno, tomas, cortes de caminos, paro de los camioneros, desabastecimiento, colas, mercado negro. Unos marchando por tumbar el gobierno, otros creando poder popular, unos tratando de trabajar y hacer las cosas bien, pero las mayorías en la escalada de la descalificación, de la polarización. En un escenario incontrolable, el fascismo tendía sus tentáculos y los infantilismos revolucionarios daban pie para que la violencia se fuese retroalimentando, creando el desgobierno y la tensión.
Siempre quedó en el anecdotario familiar el hecho de haber llegado tarde al Registro Civil; la verdad es que había pasado la noche preocupado de no quedarme dormido y al final resultó lo contrario. Pero, además, no había movilización y hubo que bajar el cerro para tomar un trolebús de la empresa de Transportes Colectivos del Estado. Llegué casi dos horas tarde, apurando a mi madre, presintiendo el enojo de la novia. Mi padre había llegado temprano al Civil, estaban los testigos, pero faltaba lo más importante, el novio.
Habíamos sido militantes activos de la izquierda joven, pero hacía un año nos habíamos alejado por un rechazo casi intuitivo al fanatismo que escalaba en todos los espacios. Nos dedicamos a trabajar y querernos, contra viento y marea, porque nunca las familias creyeron que aquello iba en serio. Nosotros nos reíamos del mundo y con ánimo rupturista habíamos decidido casarnos en una tenida sport elegante. Rosy lucía preciosa con un vestido verde cortito y una chaqueta de antílope muy fina; yo iba con jeans, un lujo para época, un pulóver blanco invierno y un hermoso vestón de cuero. Esa pinta equivalía a habernos comprado un comedor americano y fue la opción. Decisión que fue premonitoria porque con esa ropa viajamos al exterior y la lucimos para buscar trabajo fuera de Chile. El punto es que a las 11 de la mañana de ese día 6 de agosto, se hizo la ceremonia y se nos arruinó el desayuno contratado en el Café Riquet y la orquídea que le llevaba a Rosy casi me la ponen de sombrero.
Las fotos que tomó el fotógrafo del Registro Civil nunca las recuperamos, por lo que no quedó huella de esa ceremonia. Lo atribuímos al golpe o a que simplemente nos estafaron. Quedaron sólo unas pocos fotos que tomé a Rosy en la Iglesia de la Merced, en la Plaza O’Higgins. Así transcurrió esa mañana, cuando el mundo se caía a pedazos, nosotros nos enfrascábamos en nuestro amor. Lo que siguió fue tragicómico.
Nos casábamos por la Iglesia el 15 de septiembre y el cura obrero que haría la ceremonia había pasado a la clandestinidad. Cuando llegó esa fecha no quedaba gobierno, lo vivimos con toque de queda a las 7 de la tarde, en una reunión almuerzo en que partimos lo que quedaba de la torta de novios, nos tomamos unos vinos y fue prácticamente la última vez que nos juntamos en familia, ya que a partir de allí cada cual tomaría rumbos diversos y el impacto de la historia sobre las familias tejería dramas particulares que en el fondo eran el mosaico de una tragedia nacional anunciada, pero que nadie quiso evitar a tiempo.
Crónicas, 38 años después, Feliz aniversario.
Saturday, April 09, 2011
Ciento veinte días y un nuevo despertar
Ciento veinte días y un nuevo despertar
Regreso a la Región de Atacama con el velamen desplegado en una carcajada. Desde los empinados caminos de Valparaíso, despido este período de disciplinado devenir, de la mano de doctores que te llenan de recetarios y consejos, casi paternales.
Ahora estoy de vuelta al ruedo de la vida, con la armadura más liviana, sin penas a la espalda, sólo con una majadera actitud de conquista que hace brotar las lianas de fantasía desde mi latir maduro, arremangándome los pantalones para cruzar de nuevo ríos torrentosos, sin temer, acostumbrado como siempre a improvisar el optimismo que sale porfiado por los poros, cuando más te presionan las horas, las tragedias, las nostalgias empaquetadas en los estantes de las casonas abandonadas.
Parto al norte con el proyecto intacto, remozado con esta carga de afectos que recibí de los buenos amigos, del seno familiar más íntimo. Tiempo que sirvió para cortar con las desidias, las ingratitudes, los pesares, las traiciones. Tiempo en que la mirada se tornó más acuciosa, para inventar desafíos mayores, para jugar tu mano con sabiduría, superviviente como albatros del Caribe, catador de la fruta primorosa de los huertos nortinos. Bebo, al partir, mi aguardiente milagrosa, comparto la protección espiritual que tendieron a mi espalda en los momentos aciagos los monjes espirituales, parto por lo mismo, agradecido, en una oración directa, profunda, sin intermediación alguna con Cristo, adscrito a la conciencia universal que te guía desde las entrañas del firmamento, sin sortilegios ni atavismos, más libre que nunca.
En el devenir de esta etapa, compartiendo con mis hijos su crecimiento y sus sueños, siento haber alcanzado una etapa de placidez, trepado a una gran torre que me permite perspectivas exclusivas, disonantes, críticas de mi sociedad, del mundo arremolinado. Entonces, intento dilucidar sus causas profundas, sus tendencias, descubrir los hilos conspiradores del poder, entrecruzados con cínicas instituciones de caridad, ocultando detrás de sus comunicados globales las mezquindades del desamor y la codicia. Creo que mi vista se ha agudizado como la de un águila altiplánica, permitiéndome otear tras las bambalinas de oropeles, tras los santuarios de oro, tras la asceta presencia de pastores corrompidos, a través de las calles amuralladas por cercos eléctricos en el patético devenir de una civilización que ahonda sus vicios con la diseminación del individualismo exacerbado. Cada vez que observo el panorama de mis tiempos, se me viene a la mente la caída de los imperios renombrados y sempiternos, con sus ruindades aflorando en medio de las promesas redentoras de los sucesivos tiranos.
Después de alcanzar esas visiones, me aboco a mi espacio, a mi deber cotidiano, a mi obligación de servir debidamente mis obligaciones. Concentrado en ello, creo poder aportar mínimamente a las correcciones que aspiro puedan extenderse. Confío en la honestidad, en la fuerza de la virtud y de la verdad, agua persistente que rompe las murallas del silencio, demoliendo sus mentiras, dejando limpiar el viento en tempestades necesarias. Parto así a mi deber, a mi camino, amando más que antes, condensando mi amatoria en las horas frescas que me han sido concedidas y que quiero aprovechar hasta el último segundo, aferrado a la vida que te inunda en la sonrisa y la caricia de quienes te aman y a quienes amas.
Valparaíso, 9 de abril de 2011.
Thursday, December 30, 2010
Año Nuevo en el Mar
Paso lista al cierre de este año. Faltan rostros amigos. La familia está rodeándome y me blinda de abrazos. Piso fuerte la tierra para cerciorarme. Tengo llanto rezagado en mis ojeras. Sin embargo, río, río porque estoy vivo.
A medianoche me asomaré a la orilla del mar y lo sentiré majestuoso, acogedor, para nada tenebroso ni cruel. Pero sé que le temo. El mar es como los hombres a quienes la ira ciega y a los que aman hieren. Qué paradoja encierra ese mar cósmico, con cascadas luminosas, con burbujas de champagne, con miles de flash rayando sus oleajes suaves. En la burbuja de un sueño nos uniremos. Será apenas un puñado de minutos, excusa para el abrazo, la euforia, el escapismo. Después, la fiesta, la locura, hasta que las gaviotas anuncien el amanecer y las quillas de los galeones fantasmas se apaguen.
Caminaremos a casa y la música quedará en las venas, impidiendo el llanto necesario.