Showing posts with label Petorca. Show all posts
Showing posts with label Petorca. Show all posts

Tuesday, April 05, 2022

El Diablo murió en Petorca


En el paroxismo de la ruindad

ardieron los bosques primigenios,

el humus se hizo cenizas

la brisa olorosa de los piñones

se tornó lengua arenosa,

 carenando los cristales de catedrales

 

Los ríos perdieron sus afluentes

Los drenes hirieron las cuencas

Succionó su avaricia

el agua que bañaba generosa

chilcas y zarzamoras,

pejerreyes y truchas

Donde nacen los ríos,

máquinas amarillas

desviaron sus cauces

 

Los glaciares se cubrieron

de polvo de tronaduras

y sin espejos, de calor,

fueron muriendo

Lenguas ácidas se apilaron

por los relaves

En cianuro residual,

dejó su huella

el oro de sangre

 

El modelo pervirtió

lo que tocaba

El paisaje armonioso

de cigarras y mirlos

se apagó como leña cenicienta

 

Las cabras enflaquecidas

se comieron las vides

A borbotones, el desierto

partía las quebradas

 

El diablo emigró

de pueblos ancestrales

Lo había derrotado en maldad,

el patronazgo

 

Se le vio,

ermitaño y marginado,

añorar las leyendas

de Urdemales

 

En medio de cementos,

fue uno más,

sin número siquiera,

sin ficha  e ignorado,

gente de calle, pordiosero

 

La perversidad del hombre

lo había superado

Hasta él, ángel rebelde,

se conmovió del descalabro,

sorprendido ante el mérito inusual

de los pupilos

 

El estropicio, imbécil y suicida,

superaba los manuales del averno

Inéditas resultaban

la avaricia y la estupidez, aliadas

 

Entonces, el diablo buscó asilo

Destruir la obra del Padre,

era demasiado

A tanto, él no se atrevía.

 

Por los paralelos mundos

del meta verso.

Don Luci había caducado,

Era un viejo, un anticuado.


Saturday, October 05, 2013

Miradas

Me siento cansado,
Mi vista taciturna se pasea con lentitud por los prados.
Mi alma expele un perfume que camina por mi pecho.
El corazón  cercena su respiración para asombrarse
Contempla la mañana que se asoma morosa
por las cúspides nevadas de las altas montañas.
Mi espíritu se aferra al tronco grueso y firme del álamo
Se baña en el charco de agua que ha llorado la noche
Extasiado contempla las dulces melodías
que tatarea el sol
mientras acaricia alegre
las mejillas de los montes
Poco a poco el paisaje se rebalsa de fantasía
En las laderas los rebaños pastan
Los perros pastores se despabilan
Salen a jugar las mariposas
Como una arteria plateada
el río lleva vida
a las flores de pétalos dormidos
Los bueyes del cielo
arrastran suavemente
su redondo cargamento de paja
El mar lo recibirá.
Es hora de despertar.
__________________________
Valparaíso, Petorca, verano de 1962.

Monday, April 18, 2011

La cruz del alto

Al atardecer de un intenso día de río, piscina y plaza, nos reunimos el grupo de amigos que veraneamos y pasamos vacaciones de invierno en Petorca. Nos hemos visto por varios años, ahora somos amigos en la común tarea de crecer y explorar el mundo desde la adolescencia. En la plaza, en torno al monumento a Manuel Montt, después de misa, nos reunimos y de allí apuntamos a la cumbre, provistos de gorros de lana, caramelos, yo llevo además una pequeña libreta y un lápiz.

En el grupo están las niñas santiaguinas que hemos conocido en la piscina y que obtuvieron permiso de sus padres para hacer esta caminata vespertina a este cerro que domina el pueblo. El ejercicio de dominar el paisaje desde la cumbre, ver caer la noche y descender cantando en voz alta, Dicen que el Diablo murió en Petorca y que en La Ligua lo enterraron, se suman las leyendas del maldito, como aquella del burro negro al cual se iban subiendo los niños para dar un paseo, hasta que uno de ellos exclamó “!Ave María Purísima, chitas el burro p´a largo¡” y en ese instante el burro había explotado, dejando a todos los niños tirados en el suelo y un pesado olor a azufre en el aire. Es el juego de la autosugestión y también del coqueteo intuitivo, somos púberes o adolescentes y queremos vivir la ilusión de un pololeo de verano. El disfraz que estamos utilizando es cruzar experiencias de penaduras, de piques mineros con fantasmas extraviados.

Tomar de la mano a una chica, sentir su tersura y su calor, percibir el rubor de sus mejillas y adoptar el rol de guía y apoyo, rumbo a los senderos pedregosos que se dibujaban como una serpentina por el borde del cerro. Era una aventura que te llenaba de adrenalina. Vas con Patricia, eso es suficiente, jamás supiste sus apellidos, era de pelo castaño y sus pestañas muy largas, con sus dientes como de conejita, sobresaliendo en una permanente sonrisa o una disculpa soñadora. A medida que subimos nos vamos contando historias, que tu liceo, que donde vives, cuantos hermanos, hasta cuando te quedas. Sabedores de que ese paseo labraría sutilmente las vetas de un romance adolescente, sin que nos atreviéramos más que a un beso hurtado o regalado cuando la noche o algún matorral cómplice nos protegía de miradas. Al llegar a la cumbre, ya había promesas de amor revoloteando por el grupo, las niñas se reían y los varones juntábamos algunas piedras y florecillas para testimoniar el ascenso. Luego, nos tomábamos de las manos y en un círculo en torno a la cruz, rezábamos a coro las Ave María Purísima, sin pecado concebida, consignas celestiales que pasaban a ser nuestra protección frente a la noche que caía y las sombras diabólicas que yacían derrotadas alrededor de la cruz de madera.

Con chonchones de parafina que estaban a los pies de la cruz se encendía la cumbre de luz. Desde el pueblo, los vecinos sabían que el grupo había llegado a la cruz, peregrinando y riendo, en esa fuente de amistad que alegraba como un oasis la vida calurosa del pueblo. Allá arriba, se divisaban las siluetas de los jóvenes, y luego de ese instante, que era un umbral hacia la nocturnidad, el grupo comenzaba a descender, casi todos en parejas, de la mano, cumpliendo con el juego de la piel exacerbada de instintos, que quizás jamás se plasmarían en más que en besos y abrazos, promesas y florecillas secas, guardadas en una pequeña libreta, con la dirección de Patricia, hasta que otro verano, o alguna vacación de invierno, nos trajera de vuelta, para volver a tocarnos, a reconocernos como amores fugaces, como romanceros de rodillas magulladas, como novios fantásticos de una sola travesía. La que hicimos de la mano, abrazados, besándonos en la promesa de amarnos por siempre, hasta que un tren, del fin del verano, nos desperdigara por la vida y quizás alguna carta dejara constancia de esa ilusión que desafió a los demonios en la cruz del alto.

Comarca de los Poetas, 18 de abril de 2011.