Hernán Narbona Véliz, poeta chileno, nacido en Valparaíso, con un largo derrotero por América Latina. Su poesía es una incitación al debate y un aporte a la cultura universal. Poeta de la generación del setenta, escribe desde la angustia o la risa, sin victimizarse, cronista de la vida, con sus sueños en ristre, invita a abrir nuestras ventanas al amor.
Si tuvieras la chance de escribir un último mensaje, no quisieras dilapidarlo dejando registro de horas tempestuosas. Quizás buscarías resonancias estelares para cruzar el tiempo como un cometa renombrado. Quizás, sabiéndote minúsculo aerolito ignorado, preferirías refugiarte en tus células madres y flotar en ese resquicio mágico en que se guarda el alma, para pervivir, tenue y grácil como una pluma, dejando apenas una estrofa que salga de ese halo que envolvió tus pasos.
Tomarías, entonces, la enredadera de tu vida para apretarla en el pistilo que acarició mariposas, en la maravilla del nacer, en la epopeya del amar, en la tarea agridulce de formar tus hijos, de luchar por espacios, de disfrutar tus nietos, de ser feliz.
En ese último resumen, simplemente, daría gracias por lo concedido, por los atardeceres frente al mar, por la piel de la mujer amada retozando en las auroras. Por el té hervido y un gajo de naranja ensalzando la vida. Un beso cerraría la página con un hasta pronto, amor.
Absorto en el penúltimo crepúsculo, voy aspirando el aire marino, pensando en la sal pegada a tu piel canela, la que aprendí de memoria cuando te seguía como un perro faldero por los cabarets del muelle, juntando mendrugos para comprarte una caricia, para tener derecho a un remezón de tus caderas de artista, olerte sudorosa, con lociones violetas, para llegar como un adolescente a la plaza de juegos, a las sillas voladoras, al éxtasis del vértigo.
En medio de un suspiro profundo descendía de tus pechos aureolados y quedaba desvencijado con una mano en tu vientre, deslizándome como en un tobogán hacia el sueño relajado. Al abrir los ojos ya no estabas, como tampoco está hoy el sol en el horizonte y apenas una línea azul rosa traza despedidas y aplaude a la noche que se asoma con sus tules de juerga. Así, como un soplo, desapareciste de mi vista y nunca más supe de ti, errante ninfa de los campamentos, laboriosa trabajadora sexual de Pueblo Hundido. En cada puesta de sol, te buscan mis manos rasgadas por la tierra cobriza y es un fantasma tu cuerpo oloroso a arenas y concheperlas.
Regreso a la Región de Atacama con el velamen desplegado en una carcajada. Desde los empinados caminos de Valparaíso, despido este período de disciplinado devenir, de la mano de doctores que te llenan de recetarios y consejos, casi paternales.
Ahora estoy de vuelta al ruedo de la vida, con la armadura más liviana, sin penas a la espalda, sólo con una majadera actitud de conquista que hace brotar las lianas de fantasía desde mi latir maduro, arremangándome los pantalones para cruzar de nuevo ríos torrentosos, sin temer, acostumbrado como siempre a improvisar el optimismo que sale porfiado por los poros, cuando más te presionan las horas, las tragedias, las nostalgias empaquetadas en los estantes de las casonas abandonadas.
Parto al norte con el proyecto intacto, remozado con esta carga de afectos que recibí de los buenos amigos, del seno familiar más íntimo. Tiempo que sirvió para cortar con las desidias, las ingratitudes, los pesares, las traiciones. Tiempo en quela mirada se tornó más acuciosa, para inventar desafíos mayores, para jugar tu mano con sabiduría, superviviente como albatros del Caribe, catador de la fruta primorosa de los huertos nortinos. Bebo, al partir, mi aguardiente milagrosa, comparto la protección espiritual que tendieron a mi espalda en los momentos aciagos los monjes espirituales, parto por lo mismo, agradecido, en una oración directa, profunda, sin intermediación alguna con Cristo, adscritoa la conciencia universal que te guía desde las entrañas del firmamento, sin sortilegios ni atavismos, más libre que nunca.
En el devenir de esta etapa, compartiendo con mis hijos su crecimiento y sus sueños, siento haber alcanzado una etapa de placidez, trepado a una gran torre que me permite perspectivas exclusivas, disonantes, críticas de mi sociedad, del mundo arremolinado. Entonces, intento dilucidar sus causas profundas, sus tendencias, descubrir los hilos conspiradores del poder, entrecruzados con cínicas instituciones de caridad, ocultando detrás de sus comunicados globales las mezquindades del desamor y la codicia. Creo que mi vista se ha agudizado como la de un águila altiplánica, permitiéndome otear tras las bambalinas de oropeles, tras los santuarios de oro, tras la asceta presencia de pastores corrompidos, a través de las calles amuralladas por cercos eléctricos en el patético devenir de una civilización que ahonda sus vicios con la diseminación del individualismo exacerbado. Cada vez que observo el panorama de mis tiempos, se me viene a la mente la caída de los imperios renombrados y sempiternos, con sus ruindades aflorando en medio de las promesas redentoras de los sucesivos tiranos.
Después de alcanzar esas visiones, me aboco a mi espacio, a mi deber cotidiano, a mi obligación de servir debidamente mis obligaciones. Concentrado en ello, creo poder aportar mínimamente a las correcciones que aspiro puedan extenderse. Confío en la honestidad, en la fuerza de la virtud y de la verdad, agua persistente que rompe las murallas del silencio, demoliendo sus mentiras, dejando limpiar el viento en tempestades necesarias. Parto así a mi deber, a mi camino, amando más que antes, condensando mi amatoria en las horas frescas que me han sido concedidas y que quiero aprovechar hasta el último segundo, aferrado a la vida que te inunda en la sonrisa y la caricia de quienes te aman y a quienes amas.
Odisea libertaria A Catalina de Los Ríos y Lisperguer
Urgentemente cruzo la plaza de San Pedro para presentar mi expediente azul reclamando por el oprobio que manchó tu historia, Doña Catalina de Los Ríos y Lisperguer
Para hacer sentir al Sumo Pontífice la crueldad perversa de sus inquisidores la calumnia ululante que cruzaba la Colonia amedrentando, pervirtiendo, codiciando, esclavizando indios, usando sus mujeres
Quiero decirle al Papa que fuiste su víctima, perseguida pelirroja de orgullo empedernido, y necesitas de él un mea culpa Porque quisieron apropiarse de tus bienes Descalificar tu impronta de mujer valiente Sepultarte en un claustro, como a tantas
Pero tu látigo sacudió sus dientes de oro Defendiendo lo tuyo, tu dignidad y tu albedrío Evitando que la codicia forrada en hábitos e inciensos se quedara con tus tierras No podía permitirlo tu prestancia rebelde
Te acusaron de maldita Que al propio Cristo de mayo habrías expulsado Murmuraron por el barroso campo de Santiago Sus dientes enrojecidos de odio te mordieron el alma Acusada de malvada, devoradora de esclavos Apenas humana, la Quintrala
Pero detrás de eso la ambición desbocada La fiera camuflada vestía sus hábitos de muerte Rastrera se escondía en los portalones Estirando los cuerpos sin misericordia Estampando la verdad en su cruenta historia
Impía te llamaron Basura de tu honra hicieron Hasta dejar establecidas en leyendas las mil misas redentoras que habrías ordenado para salvar tu alma
Indómita Catalina de los Ríos y Lisperguer, el puente de la ira se rompió a tus espaldas Has sido víctima desolada de la mentira oficial
Por eso cruzo la plaza de San Pedro Los orines del cenáculo se arremolinan recordando las voces del Santo Oficio, las torturas disfrazadas de piadosa espiga
Llego al Papa somnoliento El mismo que espera quinientos años para un perdón apenas susurrado en el ángelus
Y le grito desde la plaza hasta el balcón de las palomas Que sus mentiras ya no te alcanzan Que la vida te rodea y que la luz de la justicia abraza tu cabellera pelirroja
Y le exijo que te dejen volver a ser niña, Catalina, Libre, independiente, rebelde, conjura de mapuche y huinca Levantada como una espada para atravesar al verdugo
Y queda en el cielo tu nombre, tu honra recuperas Y la vida se cuela por tu historia hidalga Sin que nadie ose tocar tus bienes Sin que ningún obispo profite de tus tierras Sin que ningún zángano inquisidor beba el vino libre de tus campos
Eres heroica Catalina de los Ríos, la vida hoy te aplaude a la distancia y queda embelesada por tu coraje
Con tu verdad en ristre, luchando contra el sistema, revolucionando la colonia, sembrando semillas de libertad en la noche corrupta que vestida de muerte quiso pisotear tu dignidad inclaudicable.
Valiente y decidida mujer de laica estirpe, tu historia corrijan los escribas
Que fluya la verdad como un puño que sacude la bazofia de esos sarcófagos blanqueados que por cinco siglos mortificaron tu memoria.
Valparaíso, Comarca de los Poetas, 7 de abril de 2010
Mi adicción es al cepaje agridulce de tus besos que saben a licor de selva y burundanga. Toda mi voluntad se desvanece en la liturgia del embrujo, desnuda te me vienes al pecho y te recibo con mis manos como timbales, recorriéndote, apretando tus hombros, tu espalda y tus misterios. En tu ombligo, el centro de la galaxia, me detengo, soplo tu piel y siento la proyección de mis caminos madrugados, crezco hasta la gloria, ciego, me revuelco en ti con embeleso. Las mareas de tu cuerpo desafían mi impronta de corsario, llevo el ritmo cadencioso, me cuelgo a las garcias de tu pelo, respiro profundo las fantasías de tu boca, increpo tu pasado, ardientemente peco. El éxtasis de tus muslos golpea mis orejas, sucumbo en tus volcanes, mi represa se rompe en tus gemidos, como un monstruo prehistórico, fluyo. El sudor nos empapa y en el agua nos desvanecemos para salir juntos en un sueño a revolotear el no tiempo, en el relajo profundo, de placer satisfechos.
Cruce la calle porque divisé que te acercabas con tu uniforme, tus lentes, las manos repletas de cuadernos y libros. Sabía tu recorrido y tus horarios. Pensé que te acechaba como un felino en celo. La excusa perfecta, me dije, para acompañarte a casa y desplegar por unas cuatro cuadras toda mi batería de argumentos. Tus labios saludaron y brillaron tus ojos tras las gafas de liceana seria. Al final, mis redes se quedaron arrugadas a la orilla del crepúsculo, porque tú, con tus manos libres, simplemente te colgaste de mi brazo y bajo el siguiente árbol, en el mirador, con todo el puerto de testigo, me robaste un beso con una osadía sorprendente y quedé mudo y sonrojado sin poder devolverte el gesto, como las circunstancias lo exigían. Tu juego adolescente rompía mis esquemas y la pasión se instalaba en mis orejas rojas como una gran promesa. Después supe que con ese beso maldito querías provocar los celos del que te había dejado. El juego recién partía y la vida me dio revanchas. En las cosas del amor, todo vale.
El asado de tira estaba listo. La sal gruesa doraba la carne y al interior el jugo guardado invitaba a probar. Estaba a punto. En las tablitas se fueron cortando los trozos y en la fuente al centro del mesón se colocó la ensalada mixta, condimentada con aceite de oliva y una pizca de vinagre. Todos nos sentamos bajo la enramada en el patio de tierra previamente regado. Se combinaban los olores de la tierra mojada, el asado y la ensalada, era mediodíay este alto en el camino era un ceremonial, el acicate del trabajo duro. En vasos llenos de flores amarillas se dispuso el vino rojo y alguien trajo un bidón de soda helada para mezclar. De pronto, de una radio antiquísima colgada en una esquina, comenzó a fluir un tango arrabalero. La eucaristía de la tierra estaba preparada. El madrugador Buenos Aires de las maestranzas y las construcciones se detenía a almorzar y la vida se estampaba en el recuerdo con un ramillete de aromas, imposibles de borrar.
Paso lista al cierre de este año. Faltan rostros amigos. La familia está rodeándome y me blinda de abrazos. Piso fuerte la tierra para cerciorarme. Tengo llanto rezagado en mis ojeras. Sin embargo, río, río porque estoy vivo.
A medianoche me asomaré a la orilla del mar y lo sentiré majestuoso, acogedor, para nada tenebroso ni cruel. Pero sé que le temo. El mar es como los hombres a quienes la ira ciega y a los que aman hieren. Qué paradoja encierra ese mar cósmico, con cascadas luminosas, con burbujas de champagne, con miles de flash rayando sus oleajes suaves. En la burbuja de un sueño nos uniremos. Será apenas un puñado de minutos, excusa para el abrazo, la euforia, el escapismo. Después, la fiesta, la locura, hasta que las gaviotas anuncien el amanecer y las quillas de los galeones fantasmas se apaguen.
Caminaremos a casa y la música quedará en las venas, impidiendo el llanto necesario.
La emoción cunde en el campamento Esperanza de la Mina San José porque este domingo se ha recibido un mensaje de los mineros y a través de él todo el mundo se ha enterado que los 33 están bien en el refugio.
La euforia de las familias, de los rescatistas y otros trabajadores, ingenieros y técnicos, más las autoridades, se ha expnadido a todo Chile y las bocinas, las caravanas de automóviles. Una historia que culmina con una nota esscrita con plumón rojo y atada con elástico al cabezal de la sonda. VIVOS, LOS 33 , VIVOS.
El presidente Sebastián Piñera se desplazó a mediodía en helicóptero para dar personalmente la noticia. Su suegro falleció esta mañana y por eso no puedo viajar con su esposa al cmpamento Esperanza, pero trajo su saludo para las mujeres de mineros, las madres y hermanas que hicieron vigilia por 17 días, en torno a 33 banderas flameantes. La emoción es profunda y Chile agradece el esfuerzo, la fe, la esperanza que nunca se perdió. Desde Atacama al mundo, una oración de agradecimiento por un verdadero milagro. ____________ Chañaral, 22 de Agosto de 2010.
Estamos hoy de aniversario. Unidos por 39 años contra todos los pronósticos envidiosos o veleidosos de ex novias o parientes. Sobrevivimos cuatro décadas que es inoficioso resumir. Somos una sólida amalgama de colores, vivencias y sueños.
No cargamos lastres. Flotamos como los globos de helio que dispararon las utopías generacionales cuando, hace dos años, estuvimos en París.
Hacemos una apología silenciosa al matrimonio para toda la vida, no pretendemos convencer a nadie de nada, somos insoportablemente autosuficientes y nos gusta estar solos, retozando de amor, conversando, comiendo cosas ricas, confidenciándonos nuestras últimas ideas y compartiendo esa telepatía intrusa que nos ayuda a congeniar sin palabras nuestros caminos cotidianos.
Hace 39 años comenzamos este caminar y hemos sido permanentemente novios y esto es motivo de sano orgullo. Nunca me aburrí de nada tuyo y sé que de tu parte ha sido igual, un constante cuidado recíproco. Muchas veces nos preguntan cómo hacemos, si no nos aburrimos de andar siempre juntos y nuestras respuestas son siempre simples, estando juntos sobra el mundo, aunque a veces esto sea un poco impertinente para quien nos escuche, o quizás poco creíble, dadas las tendencias actuales que demuestran que son más los divorcios que los matrimonios.
Por eso mismo, valga dejar constancia de ser una pareja de amantes, donde cada cual coloca sus talentos, su pasiones, sus aspiraciones.
Y vamos estructurando el proyecto, cubriendo sus etapas, cumpliendo el rol de padres, ahora entrando al de abuelos dedicados. Sobre todo tú que eres la vinculación permanente a nuestros hijos y sus vidas.
Yo tras de ti te sigo en esa relación tierna y preocupada que nos hace ser familia unida, en las buenas y en las malas. Yo extraigo de nuestra unión las fuerzas para bregar por el mundo, nutriéndome de la verdad que descubro en nuestra propia consecuencia. Repasando tantas páginas, cuantos desencantos y dolores, pero sin que haya que cargarlos, dejando un mero registro qiue ayude la memoria a ser cuidadoso, a pisar con paso enérgico pero con cuidado para no volver a tropezar.
Es el esfuerzo mágico de la vida en pareja, amándonos, tocándonos, abrazándonos, amándonos con frenesí, cuidándonos, riendo, riendo mucho y descubriendo la magia de Dios en una naranja, en el desayuno lleno de mar y sol, cuando un beso despide el cansancio y se inaugura una nueva jornada, muy temprano para vivirla intensamente.
Llevamos 39 años. Tú tenías 15 años y yo 21. Muchos dijeron que eso no tenía futuro, que por nuestro genio a corto plazo vendría el fin. Pero, como ves, tuvieron que tragarse sus deseos y sus comentarios malintencionados. Porque aquí vamos, cruzando desiertos, cordilleras, construyendo comarcas, respaldando a los críos, gozando las sonrisas de las nietas, acogiendo con amor a las futuras mujeres de nuestros hijos varones.
39 años plenamente vividos, con alegría, con temple, con inteligencia acumulada y con una enorme fe en Dios, que se nos presenta, como tú dices, en los gajos brillantes de una naranja matinal, que nos promete un día más, que juntos agradecemos en silencio.
Declaremos a dúo, que seguimos cuesta arriba, livianos, de la mano y amándonos sin traumas ni penas, hasta que la muerte nos abra camino al otro jardín que deberemos recorrer para batir un nuevo record. ______________ Chañaral, 6 de junio de 2010
Vuelvo, cincuenta años después, a presentar mi poesía a la escuela Manuel Rodríguez del cerro Polanco, donde un profesor normalista, Sergio Escobar, guió su primer Taller Literario Infantil, publicando en 1960 la Antología Ventanario, Cristal y Luz del Niño.
Eran los años cincuenta, gobernaba Chile Don Gabriel González Videla, el político radical que había dictado la Ley Maldita en contra de los comunistas. Después vendría Ibáñez del Campo, en su segundo mandato, y el 58 saldría elegido Jorge Alessandri Rodríguez, el paleta.
La calle en que viví de niño se llamaba Basterrica y estaba entre Fuentecilla y Simpson, a una cuadra de la Escuela 77, Manuel Rodríguez. En una esquina estaba el Retén Polanco, con caballerizas sobre Fuentecilla y de la otra esquina, el almacén 16 de Agosto. Doblando la manzana estaban la Zapatería de Miño y el puesto de Doña Ema, que vendía cloro y jabón gringo, con un hijo llamado Gilberto que se hizo empresario de las micros Barón. En la siguiente esquina por Simpson estaba el almacén de Don René, en un clásico emporio oloroso a canela y otras especias. Al medio de la manzana se ubicaba el cité con un patio grande en torno al cual se alineaban las piezas. Un chofer de los trolebuses, entonces Empresa de Transportes Colectivos del Estado que se había inaugurado el 1 de enero de 1953, el Señor Zurita, que tenía como 10 hijos, arrendaba casi todo el cité. La dueña de todo el barrio era doña Benita Solari y su hermano Colombo. Ellos vivían en la mansión ubicada detrás de la entrada al ascensor Polanco. Cada mes yo acompañaba a mi madre a pagar el arriendo y admiraba la casa enorme, que siempre permanecía con los muebles cubiertos por paños blancos, como una casa sin alma.
Un poco más arriba, por calle Simpson, vivía don Enrique Duarte, Director de Escuela y casado con mi tía Marta Villarroel, hermana de mi abuela paterna, que tenía dos hijos, el Polito y el Carlín, todos ellos fundadores de la Junta de Vecinos del Cerro Polanco.
Recuerdo a mis vecinos y muchas historias de barrio. Hubo algunas trágicas que entraron a formar parte de las leyendas del cerro.
Mi casa ocupaba casi toda la cuadra de Basterrica y se ingresaba a ella por el número 16, por una escala coincidentemente de dieciséis peldaños, que llevaba a un largo corredor que tenía las piezas hacia el lado de la calle y glorietas con vidrios hacia el patio interior, donde habían dos casas, la de Doña Marina y la de la Sra. Adela. Era la nuestra una amplia casa y en el corredor había muchas plantas, la cocina, un par de lavaderos con artesas y el baño. Tenía también la pieza del carbón donde se almacenaban los sacos de carbón y también sacos de papas. Al fondo, colindando con el retén estaban las piezas de comedor y el dormitorio de mi abuela Laura, donde me acomodaron cuando nació mi hermana y tuve que dejarle a ella la cuna de bronce en la pieza de mis padres.
Desde niño dominaba mi espacio y la casona grande estaba llena de primas que venían a estudiar de Petorca al Liceo 1 de Niñas, llamaban a los espíritus y se lavaban sus largas cabelleras con quillay y shampoo Sinalca. Por las tardes, las mujeres a tejer y a uno lo tenían de enhebrador de agujas o con los brazos extendidos como desenrollador de madejas de lana, mientras las historias saltaban, iban y venían los comentarios sobre el barrio, la política, todo lo cual yo absorbía como esponja, grabándolos a fuego de brasero en mis fantasías infantiles.
Mientras mi hermana jugaba a la payaya con una bolita de cristal y un conjunto de piedras pequeñitas, sobre la toilette de mármol en la pieza de la abuela, yo permanecía en medio de las mujeres escuchándolas en silencio, como en un radioteatro del que era auditor privilegiado y casi exclusivo.
En otra ala del segundo piso, en la misma cuadra, arrendaba dos piezas independientes la Señora Jovita, que tenía dos hijas, la Patty chica y Laura. Bajo nuestra casa vivía la Señora Marina que vivía en la casa de planta baja tenía dos hijos. Hernán, un muchacho grandote, adolescente, y Patricia, de mi edad. También estaba la casa de la Señora Adela, que vivía con su marido, su hija Chelita, su nieta Rosita, y su papá, un abuelito encorvado que liaba sus cigarrillos a mano, sentado a la puerta de su casa.
En la esquina, frente al 16 de Agosto, estaba la Carnicería del Chino, que vivía en una hermosa casa del Paseo Taiba y tenía un hijo de mi edad. En la vereda de enfrente estaba el puesto de pan de la Señora Hortensia, las casas de mi profesora Sara, y la de la Sra. Emilia, una mujer de pelo cano y colorada, con pinta de alemana, que tenía dos hijos varones, uno de los cuales estaba casado con Victoria a quien llamábamos Toya. Frente al retén vivían la Pocha y Miguel, compañeros de curso en la Escuela 77, Manuel Rodríguez
Un día supimos que el hijo mayor de la Señora Marina se había suicidado, nunca se aclaró el porqué y después de la tragedia ellos se cambiaron..
Cuando llegué al segundo año de preparatorias, mi compañera de banco fue Rosa Escalante, Pochita, que me juraba que se casaría conmigo si yo le hacia las tareas, pero después de hacérselas se reía y yo la perseguía y le tiraba la trenza, siendo reprimido por la profesora Señora Sara con literales tirones de orejas, hasta que decidió terminar con el idilio, cambiándome de puesto.
En una ocasión, con Patricio Herrera en tercer año de preparatorias, ambos con 7 años, nos peleamos en el recreo y el resultado de la lucha fue que los botones de nuestros suspensores saltaron y la señora Sara nos puso delante de todo el curso a colocar esos botones. Yo enhebré la aguja pero el Pato era muy torpe para pegar un botón y estábamos en ese castigo cuando llego la mamá de Patricio, Doña Elsa Guerrero a salvarnos, pues ella pasaba por la escuela y de pura casualidad nos libró del castigo en medio de las risas de todo el curso.
También hubo tragedias en ese pequeño escenario de infancia, hechos que empañaron la alegría del barrio.
En la calle Basterrica jugábamos con pelotas de trapo unas pichangas sensacionales, allí anduve en triciclos y monopatines que me hacía mi papi, sólidos en un fierro pesado que imponía respeto. Allí saltábamos con un enorme cordel hombres y mujeres, jugábamos al trompo y en los dieciochos corríamos carreras de ensacados. La Junta de Vecinos funcionaba en el Comité, una sede social a la vuelta del Retén, justo donde empezaba el Paseo Taiba. Allí se podía bajar a una quebrada, donde se había hecho una pequeño explayo que llamábamos cancha de los pacos. En esa cancha se instalaban los circos pobres que iban por los cerros llenándonos de fantasías. En ese Paseo Taiba que llevaba a la Plaza Santa Margarita en Larraín, el cerro vecino, se hacía la fiesta de la chaya, en la que nos disfrazábamos de piratas pintando las caras con corcho quemado y usando pañoletas rojas y parches en el ojo.
En la plaza Santa Margarita celebrábamos la semana del niño y nos hacían plantar arbolitos, que hoy deben ser adultos mayores, y recitar en el podium con micrófono, cuestión que te llenaba de adrenalina.
Una historia trágica ocurrió en la calle Basterrica, cuando un camión atropelló a un niño que quiso colgarse, pero resbaló. Ocurrió casi en la puerta del Retén y todos lloraban el hecho. Desde entonces las mamás nos restringieron los juegos y el Cachorro, un paco malo con corazón bueno, nos corría de la calle y se quedaba con las pelotas de trapo, para mantener despejada la vía que empezaba a tener el paso rutinario de los microbuses.
El dueño del almacén 16 de Agosto era un vecino de nombre Fernando, un tipo pintoso, de ojos claros y bigote castaño. Se casó con una de las mujeres quinceañeras más lindas de los carnavales de primavera, la hija del dueño del Yate, el negocio que estaba en la plaza. Gran alegría hubo en el barrio y la divisamos vestida de blanco, radiante del brazo de su marido Fernando. Pero, el hombre era violento y un lunático que comenzó a maltratar a su bella mujer, el barrio entero lo supo y fue el comidillo de todos. Hasta que un día, ella, aburrida lo dejó y se fue a vivir con un chofer de microbús, cuando recién comenzaban los recorridos al cerro, desde el Pasaje Quillota hasta la calle Basterrica. Fernando cerró el Almacén y nunca más se le vio por el cerro.
Este episodio fue en la misma época en que en el cerro Molino se realizaba el casamiento de homosexuales y el diario El Clarín colocaba con error un titular que estigmatizó al cerro para siempre “Casamiento de locas en el Cerro Polanco”, en circunstancias que la boda gay, como se la habría llamado ahora, se había realizado en el cerro El Molino, vecino a Polanco, hacia la quebrada Santos Ossa, que comunicaba con el cerro O`Higgins.
En mi calle Basterrica la Señora Adela sufrió también la pérdida de su hija Chelita en una trágica situación. Ella era una mujer de unos 37 años, que cantaba tangos mientras restregaba ropa en la artesa y yo la miraba desde mi balcón. Tenía una voz hermosa, siempre se la veía enfundada en unas polleras largas, ropa oscura, calzando su destino de solterona que había perdido el tren del amor. Pero, en ese actuar discreto que imponía la hipocresía de época, Chelita supo mantener un fogoso romance con un carabinero, que trabajaba en el retén contiguo. Al parecer por un embarazo que había llegado demasiado tarde, Chelita murió. El dolor fue tan intenso que esa familia fue muriendo en breve tiempo, Partió primero la Sra. Adela, luego su marido, que al enviudar se había casado con una señora que tenía dos hijas. Al final, la familia partió a Santiago y Rosita, mi dulce enamorada de infancia, con quien jugábamos a las visitas, al doctor y otras perversiones infantiles, se tuvo que ir a Santiago y yo con mis ocho años entendí del amor imposible por primera vez.
Así fueron desmoronándose los actores de ese escenario de infancia, con imágenes de alegrías y con los dolores sumergidos como cualquier barrio chileno.
Otro hito trágico ocurrió en los sesenta, después del terremoto de 1965. Nosotros ya nos habíamos mudado de Basterrica y vivíamos más arriba, en Fuentecilla. El terremoto dejó inhabitable el edificio y muy pocos se quedaron en la manzana, donde la final se construyó el condominio Población Paicaví.
Como todos los miércoles y sábados, doña Victoria, nuera de la Señora Emilia, había ido a la feria de Avenida Argentina y subía por el Ascensor Polanco con sus bolsones cargados de frutas y verduras. Ese ascensor, para quienes no lo conozcan, tiene en su parte baja un túnel de unos 100 metros que penetra tal cual una mina en el corazón del cerro, donde se observan vertientes que fluyen y se canalizan desde la roca viva hacia los costados del largo túnel. En sus orígenes había dos carros que funcionaban y llevabana la torre, pero a partir del terremoto de 1965 sólo se dejó un carro y la gente hacía fila en el túnel para subir hasta la torre. Desde el mirador al cerro, un puente. Cuando Doña Toya lo cruzaba con sus dos bolsones que nunca soltó, el puente se desmoronó y ella murió trágicamente al caer desde una altura de 30 metros al vacío. Ese puente tuvo siempre el sino trágico de los suicidas que lo utilizaban para su partida.
Años después, en los años ochenta, compré para mi familia una casa en el sitio exacto donde había vivido de infancia. Allí se criaron mis hijos, pero eso es otra historia.
En una ocasión viniendo de la feria, un miércoles o un sábado, divisé en el túnel una mujer con dos bolsas en sus brazos. Apuré el paso para alcanzar el próximo ascensor y vi que la mujer llegaba a los pies del ascensor y la perdía de vista cuando doblaba al fondo, donde una banca de madera servía de lugar de espera. Mayúscula fue mi sorpresa al llegar a ese mismo sitio, sin encontrar anadie, en circunstancias que aún el ascensor no bajaba. La mujer había desaparecido y me quedó la sensación de que era el espíritu de Doña Toya repitiendo su trayecto fatal.
Leyendas e historias en torno a la Junta de vecinos del cerro Polanco, un barrio que tuvo en esas familias miembros entusiastas que creían en las familias como espacio seguro para el crecimiento de sus hijos, en un Valparaíso donde los pitos de las fábricas cada amanecer llamaban al trabajo, las madres nos ponían nuestros buzos color crema y partíamos a la escuela, formados en el patio, con el pelo peinado con gomina hecha de membrillos o con jopo endurecido con limón. Los domingos eran con matinales en el teatro Metro, había catecismos en la Iglesia del Pilar, había partidas en la Laguna y al regreso de Barón estaba el convento de las Carmelitas con sus enormes muros y sobre la esquina la imagen de la virgen del Carmen, punto obligado de persignación y oración.
Fueron los cincuenta, con una realidad de barrio que al relatarla hoy adquiere una dimensión fantástica, con la vitalidad del ingenio con que se inventaban juegos con algarabía y picardía. Tenía tres o cuatro años cuando mi abuela me leía el Peneca y mi madre coleccionaba la revista Para Ti. En casa se acumulaban las revistas Life y O`Cruzeiro, en donde se podía leer noticias de la reciente segunda guerra mundial y la guerra de Corea.
Cuando me llevaron a kindergarten ya había aprendido a leer y por ello me saltaron directamente a segundo de preparatoria con la profesora Sra. Sara Pérez, que cojeaba y tenía el pelo con permanente, el sello adusto, pero un corazón generoso del porte de una casa, que imprimiría valores y buenas costumbres en sus alumnos, haciéndolos gente de bien. En mi curso había jóvenes de todas las edades. Recuerdo a mi amigo Luis Vergara, al que llamábamos Condorito, que tenía una gran habilidad para las caricaturas. También a los compañeros de curso como el Pato Herrera, Darío Mercado (Nieto de la Sra. Sara). Con el Pato y su hermano Gonzalo hemos compartido períodos intensos de nuestras vidas, en cambio, a mis viejos compañeros Barrientos, Piccardo, Yañez, Carreño, nunca más supe de ellos y eran parte de la Antología Ventanario, Cristal y Luz del Niño.
Dirigía entonces el equipo de profesores la Profesora Josefina Morfino y trabajaban las profesoras Olga y Alicia Herrera Pérez, hijas de Doña Sara. La profesora de Kinder era la Srta. Teresa, que usaba unos grandes lentes, detrás de los cuales había una linda mujer, de simpática sonrisa. Otros profesores fueron Luis Zaldaño y Sergio Escobar que llegó a la Escuela el año 59, realizando en dos años una gran labor, cuyos resultados marcaron mi vida para siempre.
Ahora, en un torbellino de recuerdos, invitado por la Junta de Vecinos del Cerro Polanco y su centro cultural, me preparo para reencontrarme con mi infancia, volviendo orgulloso a mi escuela pública Número 77, Manuel Rodríguez, a compartir mi poesía, cincuenta años después.
El poemario Cable a Tierra es la última publicación de Hernán Narbona Véliz. Su distribución se realiza en la Feria del Libro de Viña del Mar, a través de los stands de la Sociedad de Escritores de Valparaíso, del Círculo de Escritores de la V Región y la filial de la SECH en Valparaíso. Además, el proyecto editorial ha organizado la venta por vía postal en una promoción de lanzamiento, para lo cual se pueden cursar los pedidos al correo de Pablo Narbona Ramírez, pnarbona@gmail.com